• Angie

¿Confort o Cristo?

Todos los apóstoles huyeron de Jesús después de su arresto y crucifixión, excepto Judas, quien lo traicionó y san Juan, quien se quedó con Él y nuestra Santísima Madre. Estos apóstoles, que apenas unas horas antes se sentaron con Él en la Última Cena donde instituyó la Sagrada Eucaristía y el Orden Sagrado, lo abandonaron. Eran sus amigos y seguidores más cercanos. Esos hombres fueron elegidos para ser los primeros obispos de Su Iglesia. Los hombres elegidos para seguirlo en el Víacrucis. Los mismos hombres que repetidamente no podían entender el hecho de que Jesús tenía que ser crucificado, morir y resucitar de entre los muertos para poder llevar a cabo la obra de la redención...

¿Saben? Nosotros fácilmente podemos cometer el error de creer que nunca haríamos ninguna de estas cosas; que nunca lo abandonaríamos, lo traicionaríamos ni huiríamos... pero la verdad es que, cada vez que pecamos, hacemos exactamente eso, y en un mundo estropeado por la oscuridad, la tentación, el poder y los señuelos de la comodidad, el peligro para cada uno de nosotros es que abandonaremos a Cristo en algún momento y es también porque debemos someternos a la prueba.


San Pedro proclamó con valentía, a través de la inspiración del Espíritu Santo, que Jesucristo es el Hijo de Dios y que no hay otro lugar adonde ir excepto para seguirlo. Más tarde, cuando llegó el momento de la prueba, él negó a Jesús. Esto es lo que dice el Evangelio: «Simón Pedro y otro discípulo siguieron a Jesús. El sumo sacerdote conocía al otro discípulo y entró en el patio del sumo sacerdote con Jesús. Pero Pedro estaba fuera de la puerta. Salió, pues, el otro discípulo, conocido del sumo sacerdote, habló con el portero e hizo entrar a Pedro. Entonces la criada que era el portero le dijo a Pedro: "¿No eres uno de los discípulos de este hombre, verdad?" Él dijo: "No lo soy". Ahora los esclavos y los guardias estaban parados alrededor de un fuego de carbón que habían hecho, porque hacía frío, y se estaban calentando. Pedro también estaba parado allí calentándose» (san Juan 18, 15-18).


Esta es la primera vez que san Pedro niega a Jesús. Lee cómo entra al patio con la ayuda de otro discípulo. No está completamente solo. Está con un compañero seguidor de Cristo. En lugar de buscar permanecer cerca de Jesús, se mantiene a una distancia segura, niega a Jesús y se queda junto a un fuego donde otros se están calentando. La distancia entre Pedro y Jesús se siente en la descripción del frío que hacía esa noche. San Pedro elige calentarse junto al fuego en las cosas de este mundo, en lugar de abrazar el frío, el aislamiento y la persecución que Jesús está experimentando a manos del sumo sacerdote y sus hombres. Él se niega a aceptar el camino y en este momento también a abrazar y aceptar la cruz. Mientras Jesús es interrogado y golpeado, él sigue calentándose del frío de los hechos. Esto no es solo un frío físico, sino un frío espiritual. Elige la llama falsa de un fuego mundano sobre el fuego del Amor de Dios.


Mientras continúa calentándose, se le vuelve a interrogar: «Ahora Simón Pedro estaba parado allí calentándose. Y le dijeron: "Tú no eres uno de sus discípulos, ¿verdad?" Él lo negó y dijo: "No lo soy". Uno de los esclavos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, dijo: "¿No te vi en el jardín con él?" Pedro volvió a negarlo. Y al instante cantó el gallo» (san Juan 18, 25-27).


Una de las razones esenciales por las que debemos meditar en este pasaje de la Sagrada Escritura es porque no se trata solo de la negación de Pedro. Se trata de nuestras propias traiciones. Como él, a menudo queremos estar cómodos y seguros en el mundo, calentarnos junto al fuego y hacer compañía a los que están en el poder. ¡Imagínate!, si este discípulo admitía su relación con Jesús, los sirvientes lo denunciarían al sumo sacerdote y los oficiales lo habrían detenido.


En nuestra vida diaria, tendemos a traicionar o negar a los demás para proteger nuestras vidas. Participamos en chismes de oficinas o parroquias, en lugar de defender a víctimas inocentes, por conveniencia. Queremos nuestro bienestar y seguridad. Ciertamente, no queremos que nos maldigan u odien, así que nos calentamos con el fuego del chisme o la inacción. Traicionamos a esas personas inocentes que no están presentes para agradar a personas que se darían la vuelta y nos harían lo mismo en diferentes circunstancias. No queremos ser raros, cuestionados, acusados ​​o expulsados ​​por el grupo.


Muy pronto llegará el día en que tendremos que dar cuenta de nuestra fe, hasta el punto de sacrificar nuestros trabajos, relaciones y vidas (así de mal se están poniendo las cosas en nuestra cultura). La persecución está aquí y seguirá creciendo en los años venideros a medida que nuestra sociedad se vuelva cada vez más radicalmente secular. La forma en que vivimos ahora nos preparará para cuando la hora de la prueba (la cruz) venga por nosotros. Si no se puede confiar en nosotros en asuntos pequeños, ¿cómo podemos esperar que se confíe en nosotros cuando estamos completamente amenazados por nuestra fe? Si no vivimos con valentía como discípulos de Jesús en esta vida, ¿qué cuenta daremos cuando muramos?


Todos tenemos áreas de nuestra vida en las que hemos puesto el confort y el poder por delante de Cristo. No queremos vivir fielmente las verdades de nuestra fe católica, por eso las negamos u ocultamos. Puede ser en cómo tratamos a otras personas, nuestra falta de enfoque en Dios, o tal vez somos adictos a las comodidades de la comida, el placer, la televisión, el sexo, las redes sociales, el estatus, el honor, el dinero, las posesiones, la reputación y el éxito. Aferrarnos a estas cosas nos vuelve espiritualmente vulnerables y débiles. En nuestra fragilidad humana, no se necesita mucho para negar a Cristo cuando se nos pregunta si somos uno de sus seguidores. El conformismo es enemigo de la santidad.


Es solo a través de una vida de oración, los Sacramentos, el sacrificio, la mortificación, el servicio a los demás y las virtudes, que podemos prepararnos para estos momentos de nuestra vida. Debemos someternos a la cruz y abrazarla como el último camino hacia la alegría. Si huimos o eludimos la cruz, entonces seremos como san Pedro y negaremos a l Señor, o peor aún, nos convertiremos en Judas y lo traicionaremos por treinta monedas de plata.


San Francisco de Asís, enseñó lo siguiente sobre la verdadera alegría: «Cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, completamente mojados por la lluvia y muertos de frío, llenos de barro y afligidos por el hambre, y toquemos a la puerta del convento, y el portero, irritado nos diga: ¿Quiénes son ustedes? Y nosotros le digamos: Somos dos de vuestros hermanos, y él nos diga: No es cierto, son dos vagabundos que buscan engañar al mundo y roban las limosnas de los pobres; fuera de aquí. Y no nos abra y nos deje a la intemperie bajo la nieve y la lluvia, con frío y hambre hasta la noche: entonces, si soportamos tal injuria y crueldad, tantos malos tratos, pacientemente, sin perturbarnos y sin hablar mal de él (…) escribe que en ello no está la perfecta alegría.


Y si aún, confusos por el hambre y el frío y la noche tocamos una vez más y pedimos por el amor de Dios, con lágrimas en los ojos, que nos abra la puerta y nos deje entrar, y él más escandalizado dijera: Vagabundos inoportunos, les pagaré como merecen. Y saliera de ahí con un palo y nos agarrara la capucha y nos tirara al piso y nos arrastrara por la nieve y nos golpeara con el palo. Si nosotros soportamos todas esas cosas pacientemente y con alegría, pensando en los sufrimientos de Cristo bendito, los cuales debemos soportar por su amor: ¡Oh hermano León!, escribe que ahí y en eso está la perfecta alegría...» (Texto basado en las “Florecillas de San Francisco”).


San Francisco continúa describiendo este tipo de tratamiento que ocurre una y otra vez, pero esa alegría perfecta es poder superarse a uno mismo por la gracia de Dios en lugar de caer en la ira o la desesperación. La verdadera libertad y el gozo descansan en compartir la cruz de Cristo, no en el conformismo y la seguridad.


Como cristianos, nuestro máximo gozo solo puede provenir de compartir la cruz de Cristo. Si huimos de ella o la evitamos, nunca encontraremos la alegría perfecta. En cambio, negaremos o traicionaremos a Jesús. Afortunadamente, todos los apóstoles que huyeron de la cruz de Cristo finalmente la abrazaron y recibieron las coronas de mártires porque llegaron a comprender que no podían vivir con comodidad.


Ser testigos apasionados es seguir al Crucificado a dondequiera que nos lleve.


Desde mi corazón al tuyo,

Angie Menes.


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