• Angie Menes

Deja de poner a Dios en una caja

Combatir la complacencia en la oración.


Cuando amas a alguien, quieres saber más sobre él. Le preguntas acerca de su familia, ciudad natal, recuerdos favoritos, sueños más grandes y cosas favoritas para hacer un domingo por la tarde.


Recientemente, me di cuenta de que mi amor por Dios se ha enfriado de esta manera. En lugar de tratar de conocerlo más completa y profundamente, me he vuelto complaciente. Asumo que sé quién es Él. Proyecto mis propias ideas sobre él.


En el pasado, descubrí que esto se da de dos maneras: o Dios se convierte en una bola esponjosa de buenos sentimientos a quien no le importa lo que hago o digo; simplemente me ama y todo está bien. O Dios se convierte en el tirano distante que simplemente me dice qué hacer; Dios para el que nunca seré lo suficientemente perfecta.


Pero, ¿qué sucede cuando trato de enfrentar las luchas de la vida real con la imagen de un Dios que solo es sol y rosas? ¿O qué hago si veo a Dios como un tirano distante, pero estoy atrapada en el pecado habitual y necesito desesperadamente Su misericordia?


Cuando pongo a Dios en una caja, le digo a Él y al mundo que sé exactamente quién es Él y lo que significa para mí.


Querido (a) hermano (a), ¿cuándo fue la última vez que le pediste a Dios que te hablara de sí mismo? ¿Cuándo fue la última vez que te abriste con total humildad y reconociste que tú, en tu humanidad, nunca podrías comprender completamente el misterio de Dios?


Sí, podemos conocer a Dios. Podemos tener una relación real, profunda e íntima con Él. Pero que nunca presumamos comprender Su infinito. Que nunca presumamos comprender completamente cómo Su perfecta misericordia puede cumplir con Su perfecta justicia. Que nunca pensemos que alguna vez entenderemos verdaderamente cómo un Dios puede ser tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.


Que nunca pensemos que Dios cabe en nuestras cajas. Que nunca seamos complacientes en nuestra relación con Él.


Acudamos a Él, en oración, Escritura y Liturgia, con total humildad. De rodillas ante Él en cuerpo y espíritu, tengamos el coraje de decir: “Padre, quiero conocerte. Jesús, revélate a mí. Espíritu Santo, háblame de ti”.


Cuando proyectamos nuestras propias ideas en Dios, somos nosotros mismos los que amamos u odiamos en él. Pero cuando le permitimos que nos revele sus misterios, primero lo amamos, y a nosotros mismos como su amado.



Desde mi corazón al tuyo,


Angie Menes.




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