• Angie Menes

Lo único que quiero

Actualizado: ene 7

Sentir vs saber que eres amado


A medida que se acercan las temporadas de Adviento y Navidad, una pregunta inofensiva que nos gusta hacer a los niños es: "¿Qué es lo que quieren?" Ellos responderán con entusiasmo mientras hablan de un nuevo scooter, kit de esmalte de uñas o batería que sueñan encontrar debajo del árbol en la mañana de Navidad.


Su celo es sin obstáculos y singularmente centrado; su felicidad parece depender de recibir ciertos juguetes, como si conseguir lo que quieren cumpliera todos los deseos. Sin embargo, los juguetes tan desesperadamente deseados pronto quedarán en el camino, abandonados y obsoletos.


Los niños no son los únicos que piensan que los objetos materiales, títulos, reconocimientos o experiencias los harán felices. Pregúntame hoy qué quiero y podría recitar una lista de las zapatillas, auriculares inalámbricos y marcos decorativos que he estado mirando. Puedo mencionar el trabajo de mis sueños o mi visión de la vida familiar dentro de diez años que creo que me hará sentir perfectamente satisfecha. Lo que confundo como vital para mi felicidad -obtener el título de la Maestría, salir con ese hombre, comprar la casa de mis sueños, hacer ese viaje- demostrará saciar inadecuadamente mis anhelos. Inevitablemente, encontraré otro objeto al que dirijo mi atención porque estos deseos, incluso aquellos que son buenos y saludables, solo rozan la superficie de lo que deseo profundamente.


¿Cuál es la única cosa que quiero? Ser conocida -plena, profunda y verdaderamente-.


Sentirse conocido


Ahora, no me malinterpreten, me siento apreciada y conocida por mi familia que ama generosamente y por mis amigos que son tan atentos como leales.


Cuando mi madre dice exactamente lo que necesito escuchar después de un día difícil o cuando mi compañero de la universidad me explica pacientemente las tareas a realizar o cuando alguien desconocido hace un buen comentario y sugerencias sobre mi programa de podcast, me siento conocida.


Cuando mi hermana menor escucha sin juzgar o cuando mi noche termina con risas y helados, pan y galletas viendo una buena película con mi familia o cuando veo el amanecer al despertar y me invade la paz, siento un verdadero sentido de pertenencia en mi comunidad.


Sin embargo, estos sentimientos de ser conocida pueden ser efímeros. Cuando la relación fracasa, la duda sobrecoge y la soledad me arrastra, lucho por recordar la sensación de ser conocida que alguna vez disfruté.


Es entonces cuando tengo que enfrentar lo que a menudo trato de ignorar: sentir que soy conocida es fugaz. Viene en forma de ramos de flores y mensajes de WhatsApp y apretones de hombros y el tipo de obsequios de cómo-sabías-que-quise-quería. Deseo algo más que eso... algo que aguante la realidad de los flujos y reflujos de la vida como un humano que experimenta alegrías profundas y cruces pesadas.


Sabiendo que soy conocida


Los sentimientos fluctúan. Ellos van y vienen. Pero quiero saber que soy conocida, si siento vivacidad o sequedad... para dejar que ese conocimiento se asiente en mis huesos y dirija mi vida.


Solo hay Uno que me ofrece ese regalo. Cuando el sentimiento de ser conocida me evade, recurro a mi salmo favorito, el Salmo 139, para ser mi voz de razón y fe, recordándome lo que creo que es verdad: que definitivamente soy amada y conocida por mi amoroso y Creador Omnisciente.


«Yahveh, tú me escrutas y conoces; sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas. Que no está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Yahveh, la conoces entera; me aprietas por detrás y por delante, y tienes puesta sobre mí tu mano. Porque tú mis riñones has formado, me has tejido en el vientre de mi madre; yo te doy gracias por tantas maravillas: prodigio soy, prodigios son tus obras. Mi alma conocías cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban, cuando era yo formado en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra. Mi embrión tus ojos lo veían; en tu libro están inscritos todos los días que han sido señalados, sin que aún exista uno solo de ellos. Mas para mí ¡qué arduos son tus pensamientos, oh, Dios, qué incontable su suma! ¡Son más, si los recuento, que la arena, y al terminar, todavía estoy contigo!». Sal 139, 1-5; 13-18.

Viviendo en creencia


No importa cuán mal cante o cuán poco caritativa actúe o cuán dudosa sea de Su presencia, no hay nada que pueda hacer para ser menos conocida por Dios. Las emociones transitorias no pueden sacudir esta creencia ancla. No puedo escapar de Él o de Su amor.


Cuando no puedo confiar en mis propios sentimientos para respaldar lo que creo que es verdad, miro a las personas en mi vida que me recuerdan -a través de palabras de aliento cuando titubeo, una presencia constante en circunstancias incómodas y un testimonio de la fe en momentos oscuros-, que no estoy sola en desear esta cosa. Aunque imperfectas, estas personas reflejan el Amor Incondicional y Omnisciente de Dios. Su testimonio de creer, incluso cuando no ven ni sienten, me da fuerzas para dejar que mi fe brille también.


Tal vez lo único que deseo -ser conocida- ya me lo han dado y solo necesito reconocerlo, aceptarlo y vivirlo. En lugar de agotar mi corazón persiguiendo intentos temporales y superficiales de satisfacer este deseo, ¿qué pasaría si me volviera a Dios con fe, orando: “Señor, yo creo en ti, ayúdame en mi incredulidad”? Si más de mi energía mental, emocional y espiritual se destinara a conocer a Aquel que me ha dicho que me conoce más íntimamente de lo que puedo conocerme a mí misma, tal vez podría realmente aceptar esa creencia y llegar a conocerme más plenamente y vivir con alegría como hija de nuestro Dios Omnisciente. Y, si las palabras de Thomas Merton, "para mí ser un santo significa ser yo mismo", son ciertas, entonces descubrir quién soy realmente, como solo Dios lo conoce, es el camino de mi santidad.


Desde mi corazón al tuyo,

Angie Menes.



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