• Angie Menes

Señalando nuestros deseos a Dios

Escucho nuestro anhelo como personas en este momento. A pesar de que estamos en la temporada de Pascua, parece que todavía estamos en Cuaresma. Estamos gimiendo y llorando en nuestro sufrimiento global compartido. Nos enfrentamos a la incertidumbre, la pérdida, el dolor y el aislamiento. Hay un despojo de muchos de nuestros valores humanos. En muchos sentidos, nuestros anhelos se enfrentan a nuestra pobreza espiritual, donde nos damos cuenta de nuestra total dependencia de Dios. Es en esos momentos, cuando podríamos sentirnos incapaces de cambiar nuestra situación, cuando sentimos que estamos pidiendo a alguien que nos ayude, desesperados porque una luz entre en la oscuridad.


Los invito, no, los insto a que señalemos nuestros anhelos hacia Dios. Es en nuestro clamor a Dios que permitimos que Él entre en nuestra oscuridad y nos encuentre en nuestro momento de necesidad.


Nuestra fe cristiana tiene una larga historia de personas que claman a Dios en tiempos de oscuridad y personas que señalan sus anhelos a Dios. El Papa Francisco nos recuerda en su audiencia general dada el 28 de diciembre de 2016 que "esperando contra la esperanza", Abraham se quejó al Señor. Abraham llamó a Dios en la oscuridad de la noche, exhausto de su viaje y preguntándose cuándo podría cumplirse la promesa que Dios hizo de que Sara tendría un hijo. Aunque cansado, desanimado y solo, Abraham se volvió hacia Dios. También vemos a otras personas en las Escrituras que claman a Dios en su momento de necesidad, personas como Elías sentados en el árbol de la escoba rogándole a Dios que le quite la vida por la falta de comida y agua (1 Re 19,4) o Job llorando a Dios: "Te lloro y no me contestas" (Job 30, 20).


En los Evangelios vemos personas que claman a Jesús y le ofrecen sus anhelos. El hombre con la mano marchita extiende su mano hacia Jesús, anhelando ser sanado (Mc 3, 1–6). La mujer que sufre hemorragias convierte su anhelo en la fuente de su curación al tocar el borde de la túnica de Jesús (Mc 5, 25–34). Bartimeo, a quien Jesús encuentra en el camino a Jericó, grita: "Hijo de David, ten piedad de mí" (Mc 10, 47).


El último ejemplo de señalar nuestros anhelos a Dios proviene de Jesús mismo, en el jardín y en la Cruz. En el jardín, escuchamos a Jesús rogándole a Dios que deje pasar la copa. En la cruz, el dolorido corazón de Jesús clama a Dios: "¿Por qué me has abandonado?"


Clamar a Dios invita a Dios a nuestro sufrimiento. Convierte la oscuridad que enfrentamos en nuestra fuente de luz. Dios nos provee en nuestro tiempo de sufrimiento y nos encuentra en Él. Si bien es posible que nuestras oraciones no sean respondidas de la forma en que deseamos que sean respondidas, Dios nos da lo que necesitamos para enfrentar lo que está frente a nosotros, así como Dios le dio a Jesús lo que necesitaba para superar su Pasión y Muerte… Se nos puede dar sabiduría para protegernos o consolarnos en nuestra soledad y dolor o perseverancia para soportar lo que estamos pasando o una paz inexplicable dentro, recordándonos que Dios está con nosotros. También podríamos tener claridad de acción para nuestros próximos pasos correctos.


Al igual que Abraham, "a veces nuestra única opción es mirar las estrellas y confiar en Dios" (Papa Francisco, sobre la esperanza). Que podamos ir a Dios con todos nuestros anhelos. Que clamemos a Dios. Que este clamor abra nuestros corazones a Dios de maneras que no podemos imaginar para que el Espíritu Santo pueda verter gracias en nosotros e inspirar nuestras acciones en este momento de necesidad.

Desde mi corazón al tuyo,

Angie Menes.

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