• Oscar

Una guía para meditar los misterios del Rosario

Como toda receta de una Madre, ¡mucho de bueno debe tener!


La devoción de los 5 primeros sábados de cada mes

Después de sus apariciones en Fátima, en 1925, Nuestra Señora pide se siga la comunión reparadora de los cinco sábados. Esta devoción la acompaña de una gran promesa de su Hijo al alma devota de esta práctica: “asistirle en la hora de su muerte con las gracias necesarias para que pueda salvarse”.


Las condiciones:

  • Realizar una buena confesión - puede ser ese mismo día o días previos-,

  • comulgar con la intención de reparar las ofensas hechas a nuestra Madre,

  • rezar el Rosario completo y finalmente,

  • acompañar a María durante al menos quince minutos haciendo una meditación sobre cada uno de los misterios del Rosario.


¿Por qué cinco sábados?

Es de conocimiento común que el sábado es el día dedicado de manera especial para honrar a la Santísima Virgen. Finalmente, fue en sábado cuando Ella -quizá en soledad- permaneció firme en su esperanza de la Resurrección después de ese viernes de Pasión y Muerte. En una manifestación de Jesús a Sor Lucía (vidente de Fátima), Él mismo explica que los 5 sábados (primeros) pretenden desagraviar 5 tipos de ofensas que se hacen contra Su Madre (que es la nuestra también). Primera ofensa: blasfemar contra su Inmaculada Concepción; el segundo agravio ofende su perpetua virginidad. En tercer lugar están las ofensas que atentan contra su maternidad divina, al grado de pretender rechazarla como Madre de Dios y Madre de toda la humanidad. Cuarta ofensa, es cuando dolosamente se trata de escandalizar a los más pequeños al sembrar en los corazones de los niños la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada. La quinta y última afrenta, algo que tristemente vemos aún en nuestros tiempos: insultos, ofensas y hasta daños a las sagradas imágenes de nuestra Madre.


La meditación de los 20 misterios del Santo Rosario

Seguramente cuando la Virgen pidió esta práctica a Sor Lucía, todavía se acostumbraban los 15 misterios tradicionales del Santo Rosario (gozosos, dolorosos y gloriosos). Ya luego San Juan Pablo II tuvo la moción de incluir 5 misterios más (luminosos) para entreverar la vida más temprana que nos narran los Santos Evangelios del Redentor (gozosos), con su Pasión y Muerte (dolorosos).


Enseguida te propongo un pequeño pensamiento para cada uno de los misterios, con el fin de ayudarte a detonar o propiciar hacer con provecho una meditación en cada uno de ellos, y así cumplir la condición de acompañar a la Virgen unos 15 minutos en la Meditación de los Santos Misterios:

Misterios de gozo

  • La Anunciación del Hijo de Dios. Aquí comienza la aventura más maravillosa de la Historia de la Humanidad. Y todo comenzó con un "Sí", libre, espontáneo, confiado, generoso, pero comprometido. ¿Cómo son mis "sí" a Dios en lo que me pide?

  • La Visitación de María a su Prima Santa Isabel. Apenas se sabe portadora y gestadora de la vida del Dios Redentor de la Humanidad, su primera acción es de servicio. Qué lejos de actuar con soberbia y altanería ante tan gran distinción. ¿Cuando tengo a Jesús en la Comunión, me invita a la humildad o a la vanagloria?

  • El Nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Y siguió caminando, peregrinando. Ahora de la mano de su querido (nuestro querido) José. En medio de la precariedad, así, humilde y sencilla nos entrega el mayor regalo que Dios nos haya dado: su Hijo, y con Él, nuestra redención. ¿Cómo agradezco a María su entrega de Madre, a José su protección de Padre y a Jesús su sacrificio salvífico?

  • La Presentación del Niño en el Templo. Siguiendo las costumbres judaicas, ofrecen a Dios su Hijo primogénito junto con una humilde ofrenda. Si tengo hijos, ¿los ofrezco a Dios como prenda de gratitud por el regalo de la paternidad o maternidad? Si soy hijo, ¿soy agradecido con Dios por el don de la vida?

  • El Niño perdido y hallado en el Templo. María y José, con esa angustia que muchos padres de familia experimentan hoy, pasan días insufribles con la idea de ya no encontrar a su Hijo. Y ante su hallazgo, una pregunta sutil de su Madre: "Hijo, ¿porqué nos has hecho esto? ¿No ves que tu Padre y yo te buscábamos?" Y la respuesta de Jesús con otra pregunta: "¿Porqué me buscan? ¿No sabían que tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre?". Así, a veces nuestra oración a Dios puede estar llena de más preguntas que afirmaciones, aprendamos a meditar.

Misterios luminosos

  • El Bautizo en el Jordán. Al bautizarse, Jesús (verdadero Dios pero verdadero Hombre), nos enseña que así nosotros es como recuperamos la dignidad de Hijos de Dios. ¿Me reconozco verdadero hijo del Padre? Y si lo hago, ¿porqué entonces llego a estar triste?

  • La autorevelación en las bodas de Caná. Quizá no era su hora (de Jesús), pero su Madre no dudó, sin que se lo pidieran, en intervenir en favor de esa pareja que estaba en problemas en su primer día de casados. Ella conoce de antemano todo lo que necesitamos, y está dispuesta a pedirlo de la manera más sutil pero contundente a su Hijo: "Mira que no tienen vino". Y a cambio, solamente nos pide "Haced lo que Él os diga".

  • El anuncio del Reino de los Cielos invitando a la conversión. Cuántos días y años de predicación, ejemplo, entrega, milagros. Cuántos encuentros, cuántos corazones tocados, cuantas vidas cambiadas. ¿Con cuál o cuáles de todos esos personajes con quien se encontró Jesús me puedo identificar, y por qué?

  • La Transfiguración del Señor. Anticipo de su gloriosa Resurrección. Propicia una escena increíble que Pedro -así como era de atrabancado- rápidamente se apresta a acampar de lo bien que se está. Un detalle llama la atención, su vestidura se tornó de un blanco que difícilmente se puede encontrar. No busquemos en este mundo la presencia y paz de Dios en aquello que no nos lo puede dar.

  • La Institución de la Sagrada Eucaristía. Momento central de la obra de la Redención y que se repite cientos o miles de veces durante el día, todos los días. ¿Es un milagro repetido que pasa desapercibido para mí tantas miles de veces?

Misterios dolorosos

  • La oración en el huerto. Nos recuerda qué tan profundo puede ser el dolor moral, que hasta hizo a Jesús sudar gotas de sangre. Pidamos por todos los que sufren en su persona por sí mismos o por los suyos.

  • La flagelación del Señor. Y sí, también es duro el dolor físico, y más cuando nos hace experimentar nuestra debilidad e impotencia. Él lo soportó todo por mí, ahora debo yo ofrecerlo por los míos.

  • La coronación de espinas. El Rey quedó humillado con un remedo de corona que además le infringía un gran dolor. Y a mí cuando me humillan, ¿me refugio en el ejemplo de humildad de Jesús, o busco hacerme justicia ante todo y ante todos?

  • Jesús con la Cruz a cuestas. Ese Vía Crucis fue oportunidad para encontrarse con quienes más le querían, incluso Su Madre, pero también por quien insospechadamente se le cruzó en el Camino. Que mis contrariedades sean motivo de abrazar a todos y de refugiarme en el consuelo de María.

  • Jesús muere en la Cruz. En el primer misterio de gozo aprendimos que en el "sí" de María aceptó la Maternidad Divina, al pie de la Cruz, un nuevo "sí" se dio y por el cual, a través de Juan, aceptó ser madre de todos los hombres.

Misterios gloriosos

  • La Resurrección del Señor. Que dio sentido y plenitud a todos los misterios anteriores y que es prenda de Esperanza para quienes seguimos su caminar.

  • La Ascensión del Señor a los Cielos: aquí culmina -por así decirlo- la etapa de Jesús y da inicio la de su Iglesia, de la que tú y yo somos parte. Toma pues, hermano, la misión que te corresponde y sé luz.

  • La venida del Espíritu Santo. Sí, a los Apóstoles, pero en medio de ellos: María.

  • La asunción de María a los Cielos: ¿Cómo podría Jesús estar de nuevo en su Gloria, sin la Gloria de su Madre? Y pensar que ¡Ella es también mi Madre!

  • La Coronación de María como Reina de todo lo Creado. Y así cerramos el ciclo, lo que comenzó con el más humilde acto de sumisión terminó con el mayor acto de grandeza con el que la Santísima Trinidad haya querido honrar a ser alguno. María, mi Madre, tu Madre, es elevada al más alto honor que jamás nadie pueda aspirar. Y no para vanagloria suya sino para ser Co-redentora, protectora y consuelo de todos sus hijos. No dejemos de rezarle su Santo Rosario.


Espero estimado lector, que estas líneas sean inspiración cada uno de los 5 sábados primeros del mes en que te decidas cumplir con esta sencilla pero eficaz devoción. Te deseo que la llegues a completar en varias ocasiones, en favor tuyo y de los que más quieres.


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