El apostolado de la enfermedad
- Oscar

- hace 3 días
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“Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. (Mateo 25, 35-36).

La enfermedad como apostolado
De pronto, volteo a mi alrededor y pareciera que la enfermedad se ha convertido en parte del día a día de mi entorno. Amigos entrañables con males amenazantes, conocidos enfrentando enfermedades —a veces súbitas, a veces prolongadas—, familiares que sufren su porción de dolor, contemporáneos sometidos a la enfermedad o a cirugías desafiantes.
Creo que todos, en algún momento, hemos vivido este escenario. El ser humano, lejos de ser ese ente imbatible que a veces nos empeñamos en imaginar, está más cerca de la fragilidad que de un temple de acero.
¡Cuánta humildad se respira al visitar a una persona que, con resignación y con la entereza de un hijo de Dios, afronta sus males físicos con gallardía, esperanza y abandono en el Señor!
Ante los problemas de salud de los demás, podemos adoptar una actitud desentendida, fría o meramente cortés, limitada a un “qué pena” o “qué tristeza” antes de cambiar de tema. Pero si realmente hemos hecho nuestra la empatía que nace de la caridad, tenemos ante nosotros la valiosa oportunidad de colaborar con Cristo siendo sus manos, su rostro, su sonrisa y esa palabra de alivio que lleva consuelo a quien sufre por la enfermedad o la convalecencia.
La enfermedad de los otros no sólo muestra su fragilidad, sino que desnuda también la nuestra. ¿Quién no ha sentido impotencia al presenciar el sufrimiento ajeno, sin poder mejorar en lo más mínimo su condición? Sin embargo, eso no debe llevarnos a rendirnos frente al apostolado de la enfermedad.
El servicio que todos podemos dar al enfermo
Graba en tu mente y en tu corazón esta máxima, que puede serte de gran ayuda cuando no sepas cómo actuar ante un enfermo:
“Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela. Si no puedes consolar, acompaña”.
Sí, ante el sufrimiento, ¿quién no quisiera tener el don de la curación milagrosa para ofrecerlo al hermano? Pero esa gracia solo se concede a unos pocos por don de Dios. No te frustres por no poder curar. Si está en tus manos, busca aliviar: ayuda al enfermo o a quienes lo cuidan, ofrécete para acompañar en un turno, dona sangre cuando sea necesario, o contribuye —si puedes— a la compra de medicamentos.
Y si nada de lo anterior te es posible, recuerda que el enfermo y sus seres queridos no solo sufren físicamente, sino también moralmente: tristeza, miedo, incertidumbre, desánimo. En esos casos, una palabra de consuelo, nacida del corazón y dicha con prudencia, puede convertirse en un verdadero bálsamo para el alma.
Y si al final no te queda otro recurso, recuerda que siempre permanece el valor de la compañía. Nadie está impedido de ofrecer su presencia. No hay persona tan ocupada o tan pobre que no pueda acompañar al que sufre. Cuando todo falle, o no baste, acompaña.

Las caricias de Cristo y de la Virgen
Muchos son los pasajes del Evangelio en los que Cristo nos enseña su cercanía con los enfermos: la curación de la hemorroísa (Mt 9, 20-22), la suegra de Pedro (Mc 1, 29-31), el hijo del oficial del rey (Jn 4, 46-54), entre otros.
También la Virgen María nos da ejemplo en la Visitación: acude presurosa a ayudar a su prima Isabel, que, por su avanzada edad, vivía un embarazo de alto riesgo (Lc 1, 39-45).
Dos mil años después, Cristo nos pide ser sus manos, sus labios y su corazón para acompañar al enfermo. Y la Virgen nos llama a ser sus colaboradores, haciéndonos presentes junto a quien padece, se recupera de una cirugía o permanece recluido en una cama de hospital o en su propia habitación.

¿Has pensado que cada acto de amor hacia un enfermo permite que él sienta en carne propia la caricia de Jesús y de su Santa Madre? Tú eres el vehículo del amor que Dios y María desean manifestar al que sufre.
Por eso, no te conformes con una simple acción de cortesía. El mismo Jesús, en el Evangelio que citamos al inicio, nos recuerda:
“Lo que hiciste con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hiciste”.
Esa es la medida de estos gestos: el amor. La caridad reviste de valor incalculable cualquier obra, por sencilla que parezca.
Quienes hemos pasado por la enfermedad y la vulnerabilidad, sabemos que, ante cada muestra de cariño, se siente la presencia viva de Dios. No en una aparición, sino en los gestos concretos de quienes Él nos envía: familiares, amigos e incluso desconocidos. Son caricias del cielo multiplicadas en la tierra.
Y si tú eres el enfermo…
Si tú, que lees esto, atraviesas una prueba de salud, quiero regalarte estas palabras: Que el Señor te permita descubrir su rostro en el sufrimiento; que la debilidad y la impotencia que experimentas se transformen en humildad y confianza en Él.
Que tus dolores te asemejen al Cristo sufriente en su Pasión y Cruz. Que tu encierro se convierta en ocasión para encontrarte con Dios. Y que cada sacrificio tenga sentido espiritual, convirtiéndose en ofrenda por aquellos que amas.
Recuerda siempre las palabras de San Pablo:
“Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8, 28).
Y no lo olvides:








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