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Amar al extraño como a ti mismo

  • Foto del escritor: Angie
    Angie
  • 27 ene
  • 3 Min. de lectura

Hay pasajes del Evangelio que nos dejan sin escapatoria. Uno de ellos es cuando un maestro de la ley le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús no le ofrece una novedad, sino que lo lleva a lo esencial:


Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas… y amar al prójimo como a uno mismo.

El hombre, buscando justificar su propio límite, pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” En el fondo, todos nos hemos hecho esa pregunta. A veces no dudamos del mandamiento, sino de su alcance. Nos resulta más fácil amar a quienes conocemos, a quienes nos entienden o comparten algo de nuestra historia. Pero el amor de Dios siempre va más allá.


Cristo sanando al paralítico de Betesda, Jean-Jacques Henner. 1884.
Cristo sanando al paralítico de Betesda, Jean-Jacques Henner. 1884.

Jesús responde con la historia del buen samaritano: un hombre que se detiene ante otro herido, sin preguntar quién es ni por qué está ahí. No lo conoce, no sabe su historia, pero se conmueve, lo carga y cuida de él. Y en ese gesto silencioso, Jesús nos muestra el rostro de un amor que no necesita presentaciones. El samaritano no pregunta si vale la pena ayudar. Ama, y punto.



El amor que interrumpe el camino


Hay una belleza misteriosa en la forma en que el Evangelio retrata este encuentro. El samaritano iba de paso, tenía su propio destino, pero el sufrimiento del otro se cruzó en su camino y lo detuvo. Así es el amor cuando es verdadero: interrumpe. Rompe nuestros planes, altera nuestras prioridades y nos saca de nosotros mismos.


El buen samaritano, Phillip Richard Morris. Óleo sobre lienzo, 1887.
El buen samaritano, Phillip Richard Morris. Óleo sobre lienzo, 1887.

Nos gusta imaginar que amar a Dios es algo elevado, pero Jesús lo concreta en algo terrenal: en mirar, en tocar, en ayudar, en detenernos. El amor no siempre se siente; a veces duele, a veces incomoda, a veces nos expone. Pero es justamente ahí donde se purifica.


A veces pensamos que no podemos amar más porque estamos cansados, heridos o sin fuerzas. Sin embargo, el amor de Dios no se apoya en nuestra energía, sino en su gracia. El Espíritu no dice “mañana”, dice “hoy”. Hoy podemos mirar distinto, ofrecer un gesto, salir de nuestra comodidad.



El amor cristiano no clasifica ni calcula. No pregunta si el otro lo merece. Solo ama, porque ha aprendido que todo rostro humano es, de alguna manera, reflejo del rostro de Dios.



El rostro de Cristo en los desconocidos


San Juan Crisóstomo decía que si no encontramos a Cristo en el mendigo a la puerta de la iglesia, tampoco lo encontraremos en el cáliz. Dios se deja encontrar en los caminos cotidianos: en los rostros que cruzan el nuestro, en los silencios que no sabemos interpretar, en los desconocidos que parecen pasar sin importancia.



Como Abraham, que acogió a tres visitantes sin saber que estaba recibiendo a Dios mismo, también nosotros estamos invitados a reconocerlo en quienes llegan sin aviso. Dios se disfraza de extraño, no para esconderse, sino para que aprendamos a amar sin condiciones.


Quizás por eso amar al prójimo y amar a Dios no son mandamientos distintos, sino la misma realidad vista desde dos lados:


cada vez que amamos a alguien —aunque sea un gesto pequeño, una mirada, una oración, una escucha—, estamos tocando el misterio del amor divino.


Amar al extraño es recordar que todos, en algún momento, lo hemos sido. Y que fue precisamente así —siendo ajenos y necesitados— como Dios salió a nuestro encuentro.



Desde mi corazón al tuyo,

Angie M.

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