¿Soy digno de servir?

No importa en qué etapa de tu camino te encuentres: si apenas te estás adentrando en el caminar cristiano, si llevas ya algunos pasos recorridos o incluso si estás viviendo una vocación como el matrimonio o la vida consagrada; nadie está exento a que un día Dios le pida algo tan grande, que lo confronte y lo haga cuestionarse si es capaz de hacerlo.


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Si es algo que nos parece muy descabellado, solemos preguntarnos “¿cómo a Dios se le ocurre que yo seré capaz de eso?”, “si hay otros que podrían hacerlo mejor, ¿por qué me elige a mí?”. Entramos en una avalancha de pensamientos que, al final nos dejan con una gran interrogante: ¿soy digno de servir?


La verdad es que no se trata de ti o de mí, Dios no nos pide que sirvamos para que nos enfoquemos en cuestionar todo lo que nos conforma, pues esto provocaría que la mirada se centre en nosotros. Si bien es bueno analizar cómo podemos prepararnos, la misión va más allá de observar nuestras limitantes.


¿Acaso el creador del universo y hasta del último cabello de mi cabeza, no sabe aun lo que puedo o no hacer? ¿acaso el Todopoderoso me pediría algo y me dejaría sola o solo en el proceso?


"En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto no tengan miedo. Al que se ponga de mi parte ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos" (San Mateo 10, 30-32).

El no sentirnos dignos de un servicio o de una gracia de Dios, podría considerarse una gran falta y muestra de una relación herida con Él, es como decirle que se equivoca, que le ha fallado el juicio, que al elegirnos ha demostrado que no tiene idea de quién eres, ¿en serio? ¿Dios no conoce a su hijo y a quien considera su creación más preciada?


Ante estas situaciones podemos observar a alguien a quien se le pidió la misión más grande de todas: ser la madre del Hijo de Dios. María no perdió el tiempo pensando si era digna o si estaba lista de llevar en su seno al mismo Dios, sencillamente hizo dos cosas: obedecer y servir. Dos cosas que nos exigen toda la humildad que nos pudiera conformar.


Humildad para reconocer que nuestra voluntad no compite contra la de Dios, y humildad para dejar nuestros planes personales y servir a lo que Dios nos llama.


Para servir, hay una cosa en la que sí debemos enfocarnos lejos de pensamientos o emociones meramente humanas, para servir hay que ponernos en acción, como María que después de ser llamada a semejante tarea, comprende que el primer paso es socorrer a su prima quien también estaba esperando un bebé.


Para servir hay que pensar menos y actuar más. La única dignidad que importa es la de ser Hijos de Dios y esa nunca la perderemos.


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