• Omar

El ayuno del corazón

¿Qué nos viene a la mente cuando leemos la palabra ayuno? Seguramente nos vienen imágenes de hambre, de poca comida, de privarnos de los alimentos que nos gustan y de dietas. En el mundo de hoy, el ayuno es una palabra que casi solo los nutriólogos utilizan. Es más, si escribimos la palabra ayuno en Google, los primeros cientos de resultados se referirán a métodos para perder peso, vida saludable y demás jerga nutricional.

Pero, les hablaré de otro tipo de ayuno, uno que no necesariamente nos ayudará a perder peso, sino a desprendernos de nuestros apegos, de todo aquello que nos aparta de nosotros mismos, de aquello que nos impide escuchar la voz de nuestra conciencia y sobretodo que nos aleja de Dios.


La práctica del ayuno, entendida como la privación voluntaria de alimentos y con un fin espiritual, es muy antigua y podemos encontrar ejemplos de ella en todas las religiones del mundo. En un principio, el ayuno puede ser entendido como un sacrificio, un ofrecimiento que hacemos voluntariamente ya sea en acción de gracias o en clave de petición de algo que necesitamos. Sin embargo, no solo se puede practicar el ayuno para esos dos fines. Por ejemplo, durante la temporada de Cuaresma la Iglesia nos invita al ayuno y a la abstinencia de comer carne durante el miércoles de ceniza y los viernes de este tiempo litúrgico. ¿Por qué? Porque este supone ser un medio por el cual podemos prepararnos física y espiritualmente para vivir el Triduo Pascual; así como para profundizar y reflexionar en aquellas cosas que nos distraen de lo que Dios quiere de nosotros.


El ayuno implica, como mencionaba arriba, una privación voluntaria, es decir, dejar de hacer algo porque quiero y con el fin de ejercitar el dominio sobre los instintos, mostrarle a nuestro propio cuerpo que él no es el que manda. Y, ¿qué debemos ayunar? Esa respuesta dependerá de cada quién. Tal vez si respondemos a alguna de las siguientes preguntas podremos encontrar qué es lo que sería bueno ofrecer en nuestro ayuno.


- ¿Qué es lo que más me impide estar conmigo mismo, con mi familia, con mis padres o con Dios?

- ¿Qué es aquello a lo que más le dedico tiempo en la semana?

- Eso en lo que gasto mi tiempo ¿es trascendente para mí o mi familia?

- ¿Dedico demasiado tiempo hablando de la gente o pensando en el qué dirán de mí?

- ¿Qué tan apegado me siento a mis bienes materiales?

- ¿Me siento particularmente atraído hacia algún tipo de práctica ociosa?

- ¿Consumo cosas que me hacen daño al cuerpo, o a mi mente?…

La lista de preguntas puede ser muy extensa, sin embargo quisiera que nos quedáramos con la idea de que eso que ofrezcamos en ayuno sea algo que no nos esté llevando a crecer, o bien algo a lo que le demos más importancia sobre otros aspectos de nuestra vida tales como Dios, la familia o el bienestar personal. Es obvio que las cosas que resulten de este pequeño examen de conciencia serán difíciles de dejar, pues puede ser que estén muy enraizadas en nuestras rutinas y modo de vivir. Por eso, el privarnos de ello será un sacrificio que nos ayudará a dominar las pasiones y fortalecer nuestro espíritu para vivir virtuosamente.


Recordemos aquí aquel pasaje del Evangelio en el cual Jesús se lleva a sus discípulos más cercanos a que le acompañen a orar, sin embargo no había pasado más de una hora y ellos ya habían caído dormidos. La exhortación de Jesús a esos discípulos nos confirma que no basta un espíritu dispuesto sino que hay que fortalecer al cuerpo para poder hacer la voluntad de Dios (San Mateo 24,41).


Un punto importante cuando hablamos de ayuno es que, pese a que la temporada más propicia para hacerlo es durante la Cuaresma, no es el único tiempo en el que lo podemos hacer. Dentro de la Iglesia Católica, existen muchas personas que llevan algún tipo de ayuno permamente. ¿Podrías ser tú una de ellas? Probablemente Dios nos esté llamando a hacer el ayuno más frecuente y no cada año solamente. Dios nos pide ordenar a Él esos instintos y pasiones para que de esa manera no las pongamos por encima de nosotros mismos, pues eso nos llevará sin duda a un vacío que no se llenará con nada.


Finalmente, quisiera mencionar que para Nuestro Padre Celestial, lo más importante no es el tamaño del sacrificio que le ofrezcas. Lo importante para Él es que realmente te cueste trabajo dominarlo, que la privación sea algo que te ayude a crecer, que se lo ofrezcas de corazón y que sea una ofrenda solo entre Él y tú. Recuerda que Dios tiene acceso directo a lo más profundo de tu ser y que desde ahí ve perfectamente las intenciones de todos tus actos. Ofrezcámosle siempre lo mejor de nosotros con nuestro testimonio, nuestra vida y el servicio a los demás.

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