María, el silencio, el Espíritu y la Cruz

Tres años de Jesús en su vida pública y tres años de silencio de María en los evangelios. Nada referente a las actividades de María, salvo una ocasión en que la Madre fue a ver a su Hijo en Galilea.


Sin embargo, María nunca está ausente. Jesús, como Hijo perfecto que es, jamás dejaría de honrarla.


Seguramente el Señor, en su itinerario, tomaría tiempo para pasar por Nazaret visitando a Su Madre. Prontamente también se ocuparía de sus necesidades, quizá con las limosnas y donaciones que hacían sus seguidores a su causa. Hace mal quien piensa que Jesús simplemente dejó a María en Nazaret y no le encontró nuevamente hasta el pie de la Cruz.


¿Qué clase Hijo sería Él, si esto hubiese sido así?


Sin embargo, es inevitable no observar, que definitivamente María vivió largos períodos de ausencia de Su Hijo. Momentos que el Espíritu Santo aprovecharía para, en largos ratos de oración, abundar a Su Esposa de las gracias necesarias para apoyar a su Hijo en “la hora”. Cada paso que Jesús dio en la tierra, María lo acompañó con su intensa oración. Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27)[1]


Es también correcto decir también que María no quiso ser protagonista sino la primera discípula que tuviera siempre Cristo: la mejor oyente, la llena de Gracia, atenta siempre a los latidos del Corazón de Dios y de Su Voluntad.


San Luis de Montfort lo diría de la siguiente manera: “Ella pidió a Dios pobreza y humildad. Y Él, escuchándola, tuvo a bien ocultarla en Su concepción, nacimiento, vida, misterios, resurrección y asunción a casi todos los hombres. Sus propios padres no la conocían. Y los ángeles se preguntaban con frecuencia uno a otro: ¿Quién es ésta? (Cant 8,5). Porque el Altísimo se la ocultaba. O, si algo les manifestaba de Ella, era infinitamente más lo que les encubría”.[2]


Debemos vernos en el espejo de María, si queremos entender el paso de nosotros mismos por esta tierra. ¿Cuántas veces queremos ser los verdaderos protagonistas, cuando realmente tenemos que dejar que Jesús sea el centro de nuestra existencia? ¿Cuántas veces pensamos que es Dios quien debe ajustarse a nuestras cosas y darnos lo que necesitamos y no empleamos nuestro tiempo en dignificarlo a Él?


Nuestra Señora, la única que ha merecido todo favor de Dios, se abajó inmensamente hasta la nada: nunca reclamó nada para si y, sin embargo, el Espíritu Santo le cubría continuamente con las gracias en sobreabundancia, porque a quien le da todo, Él le da el ciento por uno en cambio.


Nótese que María, ya al final de la Pasión de Nuestro Señor, acude presurosa a ocupar su lugar como co-redentora. Inusitadamente, la Madre del Hijo cruelmente molido en la Cruz, no insulta, no reclama, no pide clemencia. De hecho, lo entiende todo. Ha visto frente a frente la espada y se ha atravesado diligentemente, a consolar con su sufrimiento el sufrimiento de Su Hijo. Sufre como propio el dolor de las heridas de Cristo colgado en la Cruz y, comprendiendo todo, se ofrece toda ella al Padre, en unidad a la misión de Su Hijo amado.


El silencio le ha preparado para una cruz dolorosa pero necesaria. ¿Cuántas veces vemos con miedo el proceso de nuestra propia cruz y calvario? ¿Cuánto tiempo nos preparamos para esto?


¿Estamos atentos a la voz del Espíritu Santo que nos llama a aceptar nuestra propia Cruz y ofrecerla como consuelo a Cristo sacrificado por nuestros pecados?


María no pecó ninguna sola vez en este mundo y lo padeció todo: pobreza, hambre, soledad, cansancio, dolor. Todo por amor a Cristo, Su Hijo amado. Y en el Calvario, todo ese sufrimiento previo, tuvo mas sentido que nunca: La Cruz le da nueva dirección a las cosas. Por la entrega total de Jesús se demuestra que, la entrega total es la única salvación para el hombre.


Al respecto, San Luis añade: “Dios Hijo descendió al seno virginal de María como nuevo Adán a su paraíso terrestre para complacerse y realizar allí secretamente maravillas de gracia. Este Dios-hombre encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno; manifestó su poder en dejarse llevar por esta jovencita; cifró su gloria y la de su Padre en ocultar sus resplandores a todas las creaturas de la tierra para no revelarlos sino a María; glorificó su propia independencia y majestad, sometiéndose a esta Virgen amable en la concepción, nacimiento, presentación en el templo, vida oculta de treinta años, hasta la muerte, a la que Ella debía asistir, para ofrecer con Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno, como en otro tiempo Isaac, por la obediencia de Abrahán, a la voluntad de Dios. Ella le amamantó, alimentó, cuidó, educó y sacrificó por nosotros”.


La muerte es necesaria y debemos prepararnos para afrontarla, bajo la Misericordia del Señor.


María al pie de la Cruz nos da el catecismo de cómo ser un verdadero acompañante del Señor: de pie, en silencio ante el Calvario y presto a consolar el Corazón Amante de Jesús que se ofrece todo a nosotros.


En eso consiste la Vida: en imitar a María en todo, para amar a Cristo como el Espíritu Santo inspira.

[1] Constitución Dogmática Lumen Gentium, No. 58. [2] Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, No. 3.

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