• Edwin Vargas

¿Quién eres, María?


No cabe duda que en la historia de toda la Iglesia y sobre todo en los últimos tiempos hay una presencia constante de la Santísima Virgen. La Escritura bíblica no inicia el evangelio sin su presencia, al menos en tres de los cuatro evangelios. Fue profetizada en el Antiguo Testamento. Pero, ¿quién es realmente esta Señora? ¿Qué hay con ella? ¿Por qué es centro de controversias? ¿Por qué aparece tan poco de Ella en la Biblia? ¿Será que no era importante?


Creo que hay una pregunta que encierra todas las dudas. De hecho, es el nombre de este artículo: “¿Quién eres, María?”


En principio, podemos decir que, en honor a la verdad, desconocemos realmente quién es la persona de María, en la profundidad que se necesita. No me refiero a que Ella sea desconocida, alguien sin rostro para nosotros, sino que, claramente no es lo suficientemente conocida.


La vida de María es un misterio, escapa del conocimiento humano: La vida de María fue oculta. Por ello, el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman Alma Mater: Madre oculta y escondida.[1]


María es todo y es nada. Para sí misma es nada: se presenta a sí misma como la más pequeña. Para Dios es un todo: es donde el mismísimo Señor, en su Santísima Trinidad, converge.


Lo anterior, no significa que Dios se centra en María como un ser que necesita de otro, porque Él no necesita de nadie más. Sin embargo, Él quiso recurrir a María. Imagínate a ti mismo, omnipotente, omnipresente, omnisciente, no necesitarías de nadie para entrar en la historia del mundo y salvarlo. Sin embargo, esta lógica humana es ilógica en los planes del Señor: Él es un caballero. No arrebata, no se impone.


¿Por qué ocurre todo esto? Todo corresponde al orden de Dios. Esta nueva Eva definitivamente no era cualquier persona. Su mención está relacionada con milagros según Isaías y de su “Sí” va a depender el nacimiento o no de Cristo (Recordemos, “hasta el tiempo en que la de ha de parir parirá”) según Miqueas.


San Luis de Monfort se hizo esta misma pregunta, así como hoy nos la estamos haciendo nosotros y con esta cita que hace este santo, queremos dar pie a la primera gran respuesta de la pregunta sobre quién es María: La Virgen es la necesidad “hipotética de Dios”.

Explica San Luis de Monfort su afirmación diciendo que: “Dado que la Santísima Virgen fue necesaria a Dios con necesidad llamada hipotética, es decir, proveniente de la voluntad divina, debemos concluir que es mucho más necesaria a los hombres para alcanzar la salvación[2].


Lucas establece a través de su Evangelio, quién es María en relación a las demás criaturas e hijos de Dios: es la Llena de Gracia. El Padre, a través de su enviado, se refiera a ella por este nombre, como propio. Es un término, un título que le pertenece. Por tanto, el Creador no duda en acercarse a ella con este saludo.


La palabra que usa el Evangelio significa, en forma más precisa: la amada y favorecida. Otros habían sido también amados, elegidos, favorecidos; Pero aquí viene a ser como el nombre propio de María.[3]


María es la expresión, la personificación de la feminidad, del amor maternal de un Dios que no teniendo sexo, porque Él lo es todo, ha nombrado a María por Madre suya y Reina del Cielo para que administre sus gracias y nos confiemos de su maternal regazo como un niño pequeño con su madre, para que podamos sentir aún más cercano ese Amor que es Dios mismo, que se transmite a Sí mismo por el seno de nuestra Señora que es Puente y escalera al Cielo, por donde llegan las gracias a los hombres, por donde Cristo se hace presente en el mundo y por donde un día hemos de alcanzar el Cielo, donde Jesús ha fijado nuestra morada y nuestra corona.


Nuestra Señora es para sí misma la esclava (servidora en algunas traducciones) del Señor (Cf. Lc. 1,38). María no se rebaja con estas palabras, sino que expresa su disponibilidad. La palabra servidora podría ser mal interpretada por quienes consideran que Dios utiliza a sus servidores para sus propios fines, sin tener en cuenta que Dios realmente los ama.[4]


Ella, en efecto, como dice San Ireneo, «por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano». Por eso, no pocos Padres antiguos, en su predicación, coincidieron con él en afirmar «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe, lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes» y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María». (LG. 56).[1]

[1] Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. No. 2. San Luis María Grignion de Monfort. [2] Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. No. 39 San Luis María Grignion de Monfort.

[3] Biblia Latinoamericana, Letra Grande. Edición Revisada, 2002. Comentario al Evangelio según San Lucas 1,26.

[4] Biblia Latinoamericana, Letra Grande. Edición Revisada, 2002. Comentario al Evangelio según San Lucas 1,38.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica No. 494 #ecoevangelii #Mariologia #VirgenMaria

 

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