El Cristo sonriente

Los evangelios guardan consigo un gran tesoro para toda la Iglesia, muestran la vida de Cristo y muchos detalles que nos permiten hacer una composición de lugar, conocer detalles únicos de su vida y así poder amarlo más.


En ellos podemos ver a Cristo que siente compasión de la muchedumbre que tenía hambre y que estaba como ovejas sin pastor. Lo contemplamos llorando ante la muerte de su amigo Lázaro, o triste y preocupado de cara a su pasión y muerte. Lo encontramos enojado expulsando a los mercaderes del templo, lo vemos en silencio, orando, caminando sobre las aguas, etc.


En definitiva, contemplamos a Cristo en muchos aspectos de su vida pero jamás el Evangelio nos habla de que Jesús tenía una sonrisa dibujada en los labios, ¿por qué?, ¿será que Cristo nunca sonreía?


En realidad, se puede afirmar aquí que no es que Cristo nunca sonreía, es más, se puede afirmar que Cristo siempre sonreía, de lo contrario no se podría explicar por qué los niños acudían a él, por qué las multitudes lo escuchaban complacidas, o por qué tantos jóvenes desde Andrés y Felipe hasta nuestros días se han entusiasmado con Él hasta el punto de entregarle toda la vida.

Entonces, ¿por qué los evangelios no lo mencionan explícitamente? Es natural que el hombre siempre esté buscando la novedad pues de hecho llama bastante la atención y es lo que más vende en los medios de comunicación actual; hasta cierto punto los discípulos, en especial los evangelistas, también trataron de dejar aquello que era más relevante desde su punto de vista. Por eso solo han escrito y grabado en la historia y en la memoria, esos momentos fuertes que opacaron aquella sonrisa habitual que estaban acostumbrados a observar en su Maestro.


Esta sonrisa que Cristo mantenía, es sin duda, el mejor ejemplo a seguir en estos tiempos de pandemia, momentos en donde hemos aprendido a valorar un abrazo, el sonido del viento corriendo por nuestro rostro sigilosamente, una sonrisa que llena el alma o un café con los amigos. Son pequeños detalles, pero que nos llenan de alegría y pronto volveremos a disfrutarlos, mientras, debemos seguir sacando el bien de todo esto, seguir luchando, seguir creyendo, seguir confiando. Tener la certeza de que nuestra alegría es perfecta porque se basa en Él, en aquel nos amó hasta el extremo y que en medio del sufrimiento seguía transmitiendo alegría y paz.


Su alegría llena de sentido también nuestra vida, empuja a agradecer y a contagiarla a todos los que nos rodean porque se funda no en sentimientos, sino en una certeza de que seguimos una persona viva, que está presente en nuestra vidas y nos sostiene. Como dice san Pablo: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ni la persecución, la angustia, la tribulación..." Y nadie nos podrá separar de ese amor, fuente de nuestra alegría.


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