¡Que el dolor de María nos lleve a Jesús!

¿Alguna vez has sentido tanto dolor que sientes que te ahogas? ¿Algo te oprime tanto el alma que te duele hasta respirar? En ocasiones el llanto no sale, quisieras huir, apagarlo, anestesiarlo, escapar. Todos en algún momento de nuestra vida hemos pasado por situaciones de mucho dolor. Si nos ponemos a pensar, en la Biblia hay diferentes historias donde el dolor se ha hecho presente, como las pruebas de Job, el mismo Jesús en Getsemaní, Caín y Abel, etc. En la antigüedad se pensaba que el dolor del hombre era el castigo por el pecado, cristianamente sabemos que no lo es, todo es para un bien mayor, para nuestra purificación y santidad.

En este caminar de dolor, en este valle de lágrimas, nos encontramos con María. María dolorosa, una madre dolida en la profecía de Simeón, en la huída a Egipto, cuando se pierde Jesús en el templo, en el camino al Calvario, en la crucifixión, en la piedad y en la sepultura de Jesús. Una madre dolorosa que nunca escapó al dolor en ninguna de las circunstancias antes descritas, María ni siquiera pensó por un segundo apagarlo o dejar de sentirlo, porque María, la llena de gracia soporto absolutamente todo por amor a Jesús. Ella sabía por su fe que, el Hijo de Dios, su propio Hijo, transformaría el dolor y vencería la muerte.


Nunca podremos imaginar lo que significó para ella el contemplar en silencio la pasión y muerte de Jesús, tuvo que callar y sufrir así, aceptando la voluntad de Dios.


Lo que podemos aprender de María Dolorosa es la manera en la que vivió el dolor y el sufrimiento, la fe inquebrantable que tenía, la confianza en Dios tan infinita y profunda como su propio dolor, el sacrificio, la fortaleza interior para sobrellevar las situaciones y la renuncia a ella misma. María lo soporta todo, lo enfrenta todo por amor a su Hijo y por fiel obediencia a la voluntad y santidad de Dios... virtudes que solo podría tener la Madre de Jesús pero que nos recuerdan que ni ella pudo librarse del dolor.


Con esto podemos reflexionar que, si bien Jesús no nos prometió una vida libre del dolor, sí nos prometió estar con nosotros hasta el final de los tiempos y sostenernos en los momentos de dolor, dificultad y cansancio.

Que la fe de María, en la advocación de Nuestra Madre Dolorosa, nos recuerde que no existe absolutamente nada que Dios no quiera que nos pase que no sea para nuestra santificación, y que por mucho dolor que tengamos, Él siempre está con nosotros.


Que Nuestra Madre Santísima nos ayude a perseverar como ella lo hizo y que no dudemos que ella está allí con nosotros siempre, que no importa que tenga lágrimas en los ojos, una profunda soledad y amargura, María siempre estará para consolarnos en nuestro dolor, acompañarnos en el sufrimiento y sobre todo para llevar a Jesús nuestras peticiones. Hoy en su día, acompañémosla en el dolor ofreciéndole una oración e intentando vivir aceptando las propias espadas que Dios ha puesto en nuestra vida para llegar a Él.


¡Que el dolor de María nos lleve a Jesús!


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