• Omar

La higuera y el viñador

Como bien sabemos, el Evangelio es rico en estilos y figuras literarias que nos invitan a meditar acerca de las enseñanzas de Jesús y aquellas cosas que Dios quiere o espera de nosotros. En esta ocasión quisiera fijar la mirada en la parábola de la higuera estéril, pasaje que es una exhortación a la penitencia y a la conversión, pero puede ayudarnos para acompañar nuestras reflexiones y exámenes de conciencia.


Tomemos unos minutos y leamos la parábola en clave de cuestionarnos ¿qué nos quiere decir Dios hoy con esto? ¿Qué resuena en mi corazón a partir de las palabras que acabo de leer? Y finalmente ¿con quién me identifico yo, con el dueño del viñedo, con el viñador o con la higuera?

La parábola dice así: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’” (San Lucas 13, 6-9).


Ahora, haciendo un análisis sencillo, veamos la historia desde los puntos de vista de los diferentes personajes:


Para el dueño del viñedo, que ha invertido en esas tierras, es importante que todos los árboles, arbustos y hortalizas den frutos, es algo natural, pues esa es su manera de ganarse la vida. Los árboles que no dan frutos, simplemente no le sirven porque no le están generando ninguna ganancia y al contrario, ocupan un espacio que puede ser utilizado para plantar otro árbol que sí dé frutos. Es por eso que su actitud es muy práctica y puede sonar un poco severa al pedir al viñador que corte la higuera que no da frutos.


Por otro lado el viñador, que trabaja las tierras del dueño, tiene una relación diferente con las tierras y los árboles del viñedo. Él los conoce, los riega y les procura todos los cuidados necesarios para que puedan crecer y dar frutos. Su relación con la higuera no es simplemente utilitaria, es decir, no solo la ve como un bien que tiene que dar ganancias, es algo más, es algo en lo que invierte su tiempo y esfuerzo. Y es por esta relación tan cercana que cuando el dueño le pide que la corte, él le ruega una oportunidad más para que pueda demostrar que la higuera dará frutos.


¿Qué hemos pensado y sentido hasta este punto? ¿Hemos identificado momentos en nuestra vida en los que hemos adoptado el papel del dueño? ¿O qué tal el papel del viñador?

¿Cuántas veces no hemos tenido la suficiente paciencia y caridad con el prójimo y lo vemos como alguien que tiene que darnos un servicio o seguir nuestras órdenes porque tenemos cierta autoridad sobre él? ¿Qué tanto hemos ignorado voluntariamente a las personas que consideramos que nos quitan el tiempo y que no nos aportan nada? ¿Por qué vemos a los demás como objetos que nos tienen que servir de algo y no como otro “yo”?


Por el contrario, el viñador se muestra más de lado de la caridad y de la paciencia. ¿Cuántas ocasiones hemos sido viñadores este año? ¿Cuándo hemos abogado por nuestros hermanos rechazados y marginados? Aquellos que para el dueño no sirven y solo quitan espacio, esos que son considerados un “estorbo” en la sociedad. ¿Cuántas veces hemos comprometido nuestro esfuerzo y trabajo para ayudar a que alguien más florezca? ¿Cuántas para que alguien deje un vicio, para ayudarle a perseverar en alguna virtud o simplemente para educarle en la fe sin juzgarle? Mira dentro de tu corazón y encontrarás todas esas respuestas.


Sin embargo falta ponernos en el “personaje” de la misma higuera. ¿Por qué es que no damos frutos sabiendo que el viñador nos ha cuidado y procurado todo lo necesario para hacerlo? ¿Qué estamos esperando para florecer y finalmente brindar nuestros dones o frutos al mundo, a la sociedad, a nuestra familia y compañeros de trabajo o escuela? El tiempo es muy cruel en ese sentido, cuando llegue la hora en la que el dueño decida cortar la higuera, no tendremos más oportunidad de dar frutos, una vez arrancados del suelo no nos será posible florecer. Necesitamos aprovechar el amor, los cuidados y la paciencia del viñador para dar frutos hoy y así al llegar nuestra hora, seamos conservados dentro del viñedo del Señor.



Espero que estas preguntas nos interpelen de manera que, identifiquemos cuáles son las actitudes que deseamos mantener y cuáles son aquellas que no queremos seguir teniendo, que nos alejan de dar frutos y nos encierran en nosotros mismos.


En nuestras vidas, Jesús siempre será el viñador que nos cuida, nos alimenta y nos protege para dar frutos.


No tengamos miedo ni reservas de pedirle más agua y abono para poder florecer, su relación con nosotros es tal que, conoce exactamente qué hacer para que demos frutos, sin embargo no puede regir nuestra voluntad, esa es solamente nuestra. Y será hasta que decidamos hacerlo que daremos los frutos que Dios espera de nosotros. ¡Demos entonces frutos desde hoy! No sabemos cuándo llegará el dueño a pedir cuentas. Pero hagamos que, cuando llegue nos encuentre florecientes y llenos de frutos para dar, de vida y de amor para repartir a los demás.

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