¡No te rindas!

Cuando tenía 11 años, tomé mi primera comunión.


Nunca voy a olvidarme de ese día, y aunque hoy no pueda recordar con exactitud la Misa entera, si recuerdo un momento especial: el momento de las ofrendas, donde lleve el pan de Cristo a la mesa del altar. El camino hacia el altar fue muy hermoso y me generó muchos nervios porque parte de mi familia me observaba. No recuerdo cual canción tocaba el coro mientras caminaba ese pasillo que parecía más largo de lo normal, solo recuerdo que fui muy muy feliz. Mi corazón se abría a una experiencia nueva, pero que me proporcionaba una felicidad que no había tenido antes y que no sabía que existía. Dios era esa experiencia.


Entonces llegué al altar y allí me esperaba el sacerdote que me recibió el Pan y me pronunció unas palabras que nunca voy a olvidar seguidas por un abrazo que me hizo sentir muy especial y revolucionó mis muchísimos sentimientos y emociones.


Cuento esto, porque, cuando miro para atrás, puedo darme cuenta de lo afortunada que fui de vivir ese momento. Y tantos otros que vinieron después. Sin embargo, quiero seguir insistiendo en que el Señor me dio la gracia de sentirse mirada y amada por Él, a mis 11 años de edad, cuando era una niña. En realidad, mis padres nunca me habían hablado de Él, no crecí en el seno de una familia creyente. No fui a misa ni me anotaron en Catequesis cuando cumplí los años para poder ingresar. Y a Dios eso no le importó demasiado, porque sabía que mi corazón buscaría a el suyo a pesar de todo pronóstico. Él me mostró lo feliz que podía estar a su lado, lo feliz que podía ser si elegía amar sobre todas las cosas.


Hay días en los que me olvido de esta gracia que me concedió el Señor, hay días en los que me olvido de que Él fue muy generoso conmigo y me llamó por mi nombre sin mirar cuantos años tenía o lo poco que sabía de Su vida. Hay días en los que me quiero rendir, quiero dejar de luchar por las batallas con las que me encuentro. Hay días en los que pienso que Dios ya no puede hacer nada bueno conmigo. Pero me olvido de todo lo que Él ya hizo.


Cuando las tormentas se aproximan, todos los días parecen ser noches que no terminan. Pero Jesús vela conmigo, y contigo, a la espera del Sol.


¿Sería bueno rendirme entonces? Si con Cristo a mi lado los dolores que parecen eternos siempre van de más a menos. Las heridas cicatrizan con amor. El valor de mi vida es importante. ¿Cómo voy a rendirme? Si Jesús sigue peleando por mí. ¿Cómo vas a rendirte? Si vos también pudiste encontrarlo. Si a vos también te miró con amor y te rescató.


Hay días que pienso en rendirme, por eso escribo esto. Porque ante tantas piedras muchas veces no logro mirar más allá del camino, donde también las encontré y con ayuda de un Dios que obra a mi favor, las pude superar.


No quiero pensar más en rendirme, quiero morir a lo que no me deja amar a Dios. Quiero poder mirar la historia que Dios empezó a escribir conmigo, y que seguirá escribiendo con amor.


No te rindas, Jesucristo es esperanza y salvación.

No te rindas, Él te acompaña al caminar.

No te rindas, aún hay más historia por contar.



Con mucho amor, Kiara.

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