Vocación: testimonio de fe

La vocación es un regalo maravilloso que todos recibimos por parte de Dios. Sin embargo es un regalo frágil y delicado que necesita ser cuidado, cultivado y regado constantemente para que pueda crecer y dar los frutos en nuestra vida a los que estamos llamados.


Siguiendo este mismo ejemplo, la vocación es como una pequeña semilla que se siembra, requiere de constante vigilancia para identificar lo que necesita para que su crecimiento sea el esperado. Conforme nuestra plantita va creciendo se va volviendo cada vez más fuerte, irá creciendo de manera sana y finalmente dará frutos. Por supuesto que en este proceso existen varios elementos fundamentales para que nuestra planta llamada vocación crezca, uno de los principales es: la fe.


La vocación se nos revela de manera personal a todos y cada uno de nosotros cuando nos abrimos a Dios y dejamos que su voz resuene en nuestro interior. Se presenta como una realidad que toca el corazón en todos sus niveles. También es un proceso que en nuestra condición de seres humanos tenemos que vivir y es en este proceso donde podemos identificar con claridad como nuestra fe también crece.


El proceso de fe en la vocación se resume en tres momentos principales:

· La apertura a la fe

· El crecimiento de la fe

· Desarrollo de la fe



La apertura a la fe es el primer escenario de nuestro caminar en el cumplimiento de nuestra vocación. Es el primer momento en el que nos dejamos tocar por Dios y escuchamos Su llamado. Un ejemplo que nos puede ayudar a identificar este momento lo encontramos en el llamado del profeta Samuel, cuando Dios lo llama por primera vez, el profeta no reconoce el llamado y piensa que es su maestro quien lo llama, requirió escuchar el llamado en varias ocasiones antes de responder al Señor (1 Samuel 4, 10-11; 19). Retomando el ejemplo del principio, la apertura de la fe, representa el momento en el que se siembra la semilla de la vocación para que germine y crezca.


El crecimiento de la fe, es el siguiente paso. Este crecimiento nos va a llevar a profundizar nuestra búsqueda a través de los diferentes medios que se nos presenten; ya sea en alguna institución religiosa o con un director espiritual, además de la oración y la vida sacramental. Una vez que hay apertura a la fe y se ha escuchado el llamado viene la disposición a responder. Se toma acción y se dan los primeros pasos, en ocasiones con temor y con la duda de saber si el camino que se ha emprendido es realmente el que se debe caminar. Poco a poco, el camino se esclarece conforme la fe se va desarrollando y se va convirtiendo en una fe madura, capaz de identificar la voluntad de Dios para nuestra vida. El Apóstol San Pablo nos deja una enseñanza muy clara al respecto en 1 Corintios 13, 11-12. La fe va creciendo y se convierte de una fe frágil a una fe sólida y robusta. Nuestra planta ya no es sólo una pequeña plantita sino que se ha convertido ahora en un árbol firme aunque todavía no da frutos.


El desarrollo de la fe es el tercer escenario, en el nuestra fe ya es mucho más firme y no se deja vencer fácilmente. En ese punto ya se ha vivido un proceso de maduración y crecimiento de la persona. Es el momento en el que la fe polariza la vida, esto significa que las acciones que en un principio se emprendieron con cierto temor y duda ahora son acciones certeras, con seguridad de que están orientadas a dar fruto en la vocación a la que se responde. También en este punto se verá de manera mucho más clara la misión específica que se encomienda de acuerdo a nuestra vocación, se hará una opción definitiva que estará marcada por la perseverancia y la alegría. Nuestro árbol ahora ha comenzado a dar frutos.



Cuando la vocación se vive de manera plena y con una fe madura, se convierte en fuente de desarrollo para uno mismo y además se convierte en un testimonio de fe para las personas que nos rodean.


La vocación lleva a la plenitud de la persona y por ende es necesario regar nuestra vocación todos los días con gotas de fe para que crezca fuerte y sana. Para que logremos por medio de ella llegar a la santidad en compañía de todos los que nos rodean.


Paz y bien.

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