• Felipe Velandia

¿Qué tanto nos conocemos?

Cuando estamos en el camino de madurez de nuestra personalidad, muy a menudo nos encontramos con personas, instituciones u organizaciones que nos venden y ofrecen mucho el tema de “Aprende a conocerte”, “lo que piensas lo atraes”, “decreta lo que quieres tener”, “toma el control de tu vida y cámbiala”, etc. Nos bombardean de mucha información pero, ¿verdaderamente esto nos ha edificado? o, ¿por qué aún vemos muchos casos de frustraciones y decepciones que terminan en depresión, ansiedad y suicidio? La razón fundamental es porque verdaderamente no sabemos quiénes somos, ni nuestra dignidad como personas.

Para entrar a responder esta gran pregunta de “¿qué tanto nos conocemos?”, tenemos que empezar diciendo que el ser humano tiene un deseo natural de querer conocer a Dios y poderle descubrir a través de su manifestación constante, de que Dios es la causa primera y fin de todo, y esto quiere decir que no existe una sola persona que no esté en una constante búsqueda de Dios, incluso los hombres más alejados y agnósticos, tal como lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador”.

CCE, #27.

Ésta es quizá la respuesta más sublime y plena que podamos encontrar sobre nosotros mismos, porque descubriremos el verdadero sentido de la existencia del hombre: cada uno de nosotros es pensado, deseado y creado por y para Dios.

Desde el primer momento de nuestra vida, ya tenemos un punto de partida: somos creados por Dios; pero también ya tenemos claro el punto de llegada: somos creados para Dios. Es increíble saber cómo ya tenemos una ruta, un camino que seguir para volver a Dios, pero es inevitable que en momentos cruciales de nuestras vidas muchas veces nos desviemos del camino, nos equivoquemos y tomemos otro camino, pero la gran noticia es que la vida de fe funciona como un GPS, que si te desvías del camino, recalcula tu ruta hacia el punto de llegada. Ese GPS es el amor de Dios, que constantemente está atrayendo al hombre hacia Él, buscándolo con Su Misericordia.


No cesemos en buscar la felicidad y la verdad que solamente encontraremos en Dios.

Puede que esto no siempre sea tan fácil conocerlo y aceptarlo, nuestra naturaleza también tiende a olvidar, desconocer o rechazar esta unión íntima y vital que tiene el hombre con Dios, por muchos factores como “la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas, el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes del pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios y huye ante su llamada” (CCE, #29).

A pesar de que podamos llegar a olvidar o rechazar a Dios, Él siempre Es y será el mismo, no se cansa de llamarnos para que lo encontremos y podamos satisfacer los anhelos más profundos de nuestro corazón, y así tener pleno conocimiento de nosotros mismos. La decisión de buscarlo, solamente está en nuestras manos, ir a Su encuentro exige todo el esfuerzo de nuestra inteligencia, de la rectitud de nuestro corazón y voluntad, de estar libres de prejuicios y del testimonio de otros que nos enseñen a buscar a Dios.

Que sepamos descubrir que nuestro corazón estará inquieto en todo momento, buscando encontrar la plenitud en nuestro creador.

«Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti».
San Agustín.

¿Quién soy? Solamente en Dios encontrarás esa respuesta. Solamente en Él encontrarás tu lugar, encontrarás tu hogar y bendito el momento en que lo miremos a Él y nos encontremos con Él.


¡Déjate encontrar por Dios!



Kairy Marquez – Encontré Mi Lugar.




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