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¡Quiero Ver!

Al estudiar la teología del cuerpo de San Juan Pablo II, una frase de Cristopher West resalta extraordinariamente: “Ven, acércate para que veas”, y lo hace debido a que su significado tiene que ver con la inmensa revelación del amor de Dios en nuestra vida, ya que, al conocer la teología del cuerpo, se obtienen muchas respuestas a preguntas de nuestra existencia.


Pensando en esto podemos decir que, revisando nuestra historia, literalmente hemos estado ciegos en reiteradas oportunidades, aunque es seguro que en ningún momento Dios nos ha abandonado, también es seguro lo ciego que hemos estado. Quisiera explicarte algunas cosas sobre esto a la luz de la palabra en Lucas 18, 35-43, concretamente en el episodio del ciego de Jericó.


Empieza la palabra diciendo que el ciego “estaba junto al camino”, o “al borde del camino” y aquí nos detenemos para profundizar en esto; piensen un momento, cuando vas conduciendo un auto y te detienes al borde del camino ¿por cuáles razones serían?, por ejemplo, podría ser que estés perdido y necesitas ubicación, o que te sientes mal de salud, o porque tienes sueño y es peligroso conducir adormecido, o porque el vehículo sufrió un desperfecto, o porque chocaste… pero generalmente ninguna de las razones por las que te detienes es algo bueno, ahora imagina la autopista, vivimos tan apresuradamente que esa autopista es tu vida, y tú eres el vehículo.


¿Actualmente estás detenido (a), sin rumbo quizás, sin esperanza o sin metas ni sueños para ir por ellos? Pues precisamente así también estaba esa persona de la lectura, y cuando crees que el panorama de esa persona que relata el Evangelio no se podía poner peor, recuerda que hay un gran detalle… ¡Es ciego! Es decir, no puede ver, si es obvio, pero es necesario insistir en esto porque dicen que los ojos son la ventana del alma, lo que quiere decir que estaba completamente perdido en todos los sentidos, estaba desesperanzado, se sentía aislado, rechazado, lo más probable es que viviera de la limosna sin verse útil, sino más bien considerándose una carga, y eso cambió drásticamente ese día en el episodio del evangelio, veamos que sucede.


¡Que grandioso momento! Ese bellísimo día en el que el ciego escucha un alboroto, era evidente que no era un día normal, por tanto ruido y tanta gente que pasaba, aprovecha que tiene a alguien cerca y le pregunta ¿Qué sucede?, es Jesús, le contestan, que va pasando. Es imprescindible en este punto saber que ese ciego ya tenía que haber escuchado de Jesús, ya tenía que haber oído que hacía milagros, que Jesús hacía ver a los ciegos, por obvias razones, él no había visto estos milagros pero, igualmente toda su confianza estaba puesta en que Jesús podía sanarlo. Su esperanza y su fe se convierten en fracciones de segundo en desesperación, esto hace que salga de donde está y empiece a gritarle a Jesús, ya no aguanta más estar así, no puede desperdiciar por ningún motivo esa oportunidad, Jesús está tan cerca, y por eso sigue gritando para que Jesús le escuche, pero hay mucha gente, mucho ruido, las personas que iban delante de él le decían que callara, que no siguiera gritando porque sería inútil, Jesús no le iba a oír, pero él seguía gritando: "¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!". Esas palabras eran una mezcla hermosa y perfecta de alabanza a nuestro Señor al decir “Hijo de David”, también hubo arrepentimiento de su parte clamando a Su Misericordia cuando gritó “Ten compasión de mí”, no ponía atención a los que lo mandaban a callar, sino que afinaba más y más el oído para que escuchando más agudamente, pudiera llegar lo más cerca posible al Señor.


Después de tanto insistir, El Señor envía a unas personas a traerlo a su presencia, y cuando lo tuvo de frente Jesús le preguntó: "¿Qué quieres que haga por ti?", el ciego sin titubear le contestó: "Señor, que recupere la vista", a lo que Jesús le dijo: "¡Recupérala!, tu fe te ha salvado", todo sucedió al instante y entonces este, lo siguió.


Detente de nuevo un momento a pensar cómo cambió drásticamente el panorama gris de aquel hombre, en medio de tanta desesperanza, de ese 0% llegó a un impresionante 100% sólo con escuchar el nombre de quién lo podía hacer todo, el sólo hecho de tener la probabilidad de encontrarse con el Señor ya le empezó a cambiar la vida, lo hizo levantarse y buscarle, lo sacó del estado donde se encontraba, ciego, completamente a oscuras y a tientas le gritó y le buscó intentando oírlo entre tanto ruido, intentando llegar a Él entre tanta gente que se convertía en obstáculo físico por su misma ceguera, y también en obstáculo auditivo por aquellos que empezaron a reprenderlo para que se callara, e intentaron desesperanzarlo para que desistiera de encontrarse con Jesús.


Llama la atención como con las palabras del Señor, las personas que significaban algo negativo para el ciego por ser obstáculo, se convierten más bien en algo positivo para él, porque el Señor lo manda a traer y las personas lo guían, se lo acercan, en ese momento Jesús le revela cuál es su verdadera dignidad, y derrumba psicológicamente todo lo negativo que el ciego pensaba de sí mismo y lo que los demás le habían hecho creer de él mismo también, no sólo iba a sanarlo físicamente, sino que desde ese momento, ya empezaba su sanación espiritual.


Con el hecho de mandarlo a traer y guiarlo, Jesús les enseñó también la compasión y la ayuda al prójimo, es cómo si esos que acercaron el ciego a Jesús fueron los primeros evangelizadores. Al mandarlo a traer le da importancia a él , únicamente a él, revelándole que escuchó su voz y que está interesado en escucharle, que no es menos ni más que ninguno de los que están allí, y en ese momento hermoso, ya no hay personas que lo buscaban callar sino un gran silencio de parte de todos por esa gran revelación de dignidad, ya no está la gran dificultad que tenía antes para llegar a Jesús, sino más bien que ahora todos se deben apartar para que pueda llegar fácilmente a Él, y más aún lo llevan para que no se pierda en el camino, impresiona que no sólo iba a sanar al ciego sino que también a través de esas palabras le mostró esa dignidad y ese valor igualitario a toda la muchedumbre.


Ahora debemos tener muy presente dos detalles que son perlas preciosas, fíjate que de tanta gente que iba siguiendo a Jesús en ese momento, de tanto ruido que había, la palabra dice que el Señor se encontró solamente con una persona y fue con este ciego, ¿sabes algo? ese ciego somos nosotros, por eso no dudes que puedes tener un encuentro personal con Jesús en los momentos donde no tengas esperanza, quiero que te des cuenta de otra cosa hermosa que nos revela la lectura, es que el Señor usa la palabra: “Recupera” para sanar su vista, lo que significa que la vista era algo propio de esa persona, no fue algo que le dio sino algo que se le restauró, que se redimió, pero que siempre el ciego la tuvo en potencia, por decirlo de algún modo vino con “el kit” cuando el ciego nació, cuando fue creado, y esto se toma como punto de partida para hacer la analogía de que nuestra alma fue creada para ser amada y para amar a Dios, anteriormente se hizo referencia a que los ojos, la vista, pueden representar el alma, y por lo tanto también perfectamente representan la gracia, que es la vida sobrenatural que nos regaló el Señor al morir en la cruz, gracia que perdemos volviéndonos ciegos pero que recuperamos al encontrarlo y al no apartarnos de Él.


No sé por lo que estés pasando en este momento pero el Señor si lo sabe, y Él conoce más que nadie tu historia, tu esencia y tu corazón, conoce todo de ti incluso más que tú mismo, hoy te digo por experiencia que lo busques, que clames a Él que todo puede hacerlo nuevo, busca al que calma tormentas, devuelve la vista, camina firme hasta sobre el agua, es más, cuando más en desierto te sientas recuerda que también resucita muertos, y no te preocupes por el ruido o los obstáculos que consigas en el camino, Él siempre te escucha y va a atender a tu llamado porque tú le interesas, porque su debilidad es amarte y como sea va a ayudarte a llegar a Su presencia, en ese momento hermoso cuando lo tengas de frente y te pregunte: ¿Qué quieres que haga por ti?, te sugiero que respondas cómo ese ciego de Jericó que somos todos: ¡Quiero ver!

 

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