• Omar

¡Venga a nosotros tu Reino!

El último domingo de tiempo ordinario, que marca a su vez el final del año litúrgico, está dedicado a la celebración de Cristo Rey del Universo. Y de esto quiero hablar un poco en esta ocasión.


En la historia de la humanidad la figura de los reyes siempre ha estado rodeada de poder. Los reyes eran, en muchos casos, los dueños de los destinos de los hombres y mujeres que estaban bajo su mandato. Por otro lado, también eran consultados para todos los asuntos importantes de su pueblo, pues se tenía la certeza de que por ser reyes, hablaban y juzgaban con gran sabiduría. Pero también eran los que gobernaban absolutamente todo y además daban las pautas de la ley. Por lo que a los súbditos no les quedaba más remedio que obedecer a su monarca, o morir.


Como siempre pasa en las cosas de Dios, el caso de Jesús Rey del Universo es totalmente diferente a lo que el mundo ha dictado. En este, la figura del rey es puesta total y completamente en otro contexto aunque tiene el mismo objetivo: "gobernarnos", solo que este rey no es un monarca absolutista, es un rey lleno de amor que nos da incluso la opción de rechazarle si así lo queremos. En los Evangelios Jesús, que es Dios mismo, afirma ser rey, "Rey de los Judíos" (san Marcos 15,2). Pero ¿qué significa tal afirmación? Jesús es Rey, pero no un rey como lo imaginamos normalmente (san Juan 18,36), rodeado de lujos, súbditos, y toda clase de gente a su mandato. El reino de Dios (o mejor dicho: el reinado de Dios), mismo que ha sido proclamado por Jesús en parte importante de su enseñanza, habla mucho más que de un lugar físico.


El reino de Dios es sobre todos los reinos, la meta para todos nosotros los católicos. El lugar a donde apunta nuestra fe y la esperanza de participar en ese reino eternamente.

Recordemos ahora la oración del Padrenuestro cuando decimos: "... venga a nosotros tu Reino y hágase tu voluntad..." ¿Qué es lo que estamos pidiendo exáctamente? En mi muy humilde modo de entender la palabra de Dios, el decir que queremos que venga a nosotros Su Reino significa que queremos que sea Dios mismo el que nos gobierne, que sea el dueño de nuestras vidas, que domine nuestros actos y nos guíe con su sabiduría por el camino de la fe.


Pero entonces ¿dónde está el Reino de Dios? ¿Dónde está el trono del Rey?


El Reino de Dios lo construimos todos nosotros día a día, no está allá a lo lejos en un lugar oculto. Está aquí en casa, con la familia, en el trabajo o en la escuela. Está en todos los pobres del mundo que necesitan techo y comida. Y la oportunidad de estar en ese reino se gana simplemente dejando que Dios reine en nuestro corazón, que sea Dios mismo el que gobierne nuestros pensamientos y acciones. Pero para que Él sea el verdadero soberano de nuestra vida, primero debemos de ofrecerle el trono más puro que pueda tener, es decir, nuestro corazón.


Y para tener un corazón puro y poder ofrecérselo a Dios como trono, tenemos que renunciar a todo lo que nos aleja de Él: el pecado.


Y esto es un constante camino de perfeccionamiento, es un paso a paso y aprender de los errores. Solo así podremos cada día tener la certeza de que realmente nos estamos dejando guiar por Dios. Nuestro corazón, como motor de nuestro cuerpo es templo de Dios (1ra carta a los Corintios 6,19), y mientras más perfeccionemos ese templo más cerca estaremos de Él.

Así que, la próxima vez que escuches hablar del reino de Dios, recuerda que si tú quieres ser súbdito de ese reino y dejar que Dios sea el rey de tu vida, lo primero que hay que hacer es romper relaciones de lleno con sus enemigos. Es decir, darle el cien por ciento de nuestra lealtad. Tal vez no salga a la primera oportunidad, pero lo importante es nunca dejar de tratar pues la recompensa es grande.

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