Viernes Santo: del dolor a la redención
- Ana Belén

- 31 mar
- 2 Min. de lectura
Después del milagro, la traición; luego del juicio, la incertidumbre. Acusaciones, interrogatorios, discusiones, humillaciones, silencios, revelaciones… testimonios en torno a una Verdad revelada. De la duda: «¿Eres tú el Rey de los judíos?», a la aseveración: «Tú lo has dicho» (Juan 18, 33-38), hay una oportunidad de salvación. Una ventana abierta a la unión salvífica con el Redentor —transformación espiritual íntima y vital—, que nos permite participar de la Pasión y muerte de Nuestro Señor. Una invitación a la contemplación del dolor físico y emocional que sufrió Jesús en lo más íntimo de su alma por cada uno de nosotros. El último día de su vida mortal sigue siendo una lección de amor verdadero, de entrega y renuncia, en estos tiempos tan agitados, en los que el mundo induce lo contrario.
«No hay otro camino que lleve a la salvación, y mientras la Pasión de Cristo sea tan sólo un recuerdo que la Madre Iglesia se encarga de reavivar cada año, y no la fuerza que nos haga capaces de vivir de modo coherente nuestra fe católica hasta la última consecuencia, entonces, [...] ni siquiera podremos considerarnos verdaderos discípulos del que reconocemos como Maestro» (La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, Federico Suárez). Vivir con la convicción de que Cristo realmente es Rey, tal como lo intuyó Pilato, es hacer nuestra su Cruz, vivir con Él, morir con Él y resucitar con Él; es decir, identificarnos con Él.
Conmoverse ante los padecimientos e injusticias que Cristo sufrió para expiar nuestras ofensas, tal como lo hizo Nuestra Madre María, es configurarnos con Él en sus agonías y heridas. Corresponder a su amor maltratado, abofeteado, azotado, escupido, desacreditado, desobedecido, abandonado y olvidado, es evitar el pecado y hacer lo que nos manda, como las mujeres y hombres que fueron sus testigos al pie de la cruz.
Jesús no entró solo en la muerte. Nos llevó en su alma, en su dolor, en su corazón desolado, en sus heridas llagadas, en cada una de sus gotas de sangre derramada, en su último suspiro, para esperar en silencio y sin desaliento, junto a su Madre, la Resurrección.





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