La fe a la calle

Sorpresa y felicidad fueron las emociones que experimenté cuando fui invitado a colaborar en este apostolado. De dignidad o mérito no considero opciones porque si por esas virtudes se midiera la posibilidad de escribir en un sitio como este, probablemente no habría escrito ni la primera línea del texto siguiente. Más bien, todo es gracias a Dios.

Naturalmente, muy acorde a uno de los mensajes del Santo Padre Francisco, después de su elección como pontífice (el de tener una Iglesia de puertas abiertas), he considerado que el primer texto debía ser íntimamente relacionado a esa catequesis; decidiendo llamarlo:


La fe a la calle

Desde siempre, las iglesias han sido los lugares de culto cristiano por antonomasia. En el recogimiento de templos, y algunas veces en casas, la fe tiende a mostrarse en su máximo esplendor. Los lugares públicos eran considerados también para la celebración de actos piadosos en bien de la comunidad en general, y especialmente de aquellas que los recibían. Sin embargo, ahora, en tiempos modernos, son pocos los lugares públicos en los que se puede apreciar el desarrollo íntegro de la fe cristiana. Es poco común ver vivencias de esta clase en el día a día, fuera de estos recintos; convirtiendo las expresiones de fe en meros actos privados, por aquello de "no molestar" a los demás con nuestras acciones.

Claro es que, aun en tiempos cuestionables, y donde parece que el cristianismo está sufriendo más que nunca desde los tiempos de la Iglesia primitiva, sigue habiendo ejemplos muy destacados de cómo se puede ser profundamente cristiano y llevar la fe afuera en una vida que te invita a ser cada vez menos discípulo del Señor.


Incluso en épocas de abandono y dificultad, es la misma fe, y sus muy fieles los que nos invitan a no dejar de anunciar.


A continuación describo el momento que me hizo visible el mensaje.


Todos los días tomo el transporte público para dirigirme hacia el trabajo. El tiempo de traslado puede ir desde los quince hasta los veinte minutos, dependiendo de la velocidad del chofer, y de cuántos pasajeros desean tomar el mismo autobús. Tiendo a ubicarme en los asientos de atrás para salir más pronto por la puerta del medio del vehículo. Desde la altura que tienen esos lugares, es fácil apreciar qué ocurre con los demás pasajeros durante el traslado, en especial porque la ubicación de los asientos delanteros, están acomodados idealmente para que los pasajeros de atrás los vean de frente.

Y fue un día de todos cuando pasó: una señora de poco más de setenta años se sentó después de subirse, llevó su bolso hacia sus piernas y buscó dentro; sacó un rosario de madera y empezó como seguramente lo ha hecho desde hace muchos años. Fui muy discreto, pero pude entender que le faltaba muy poco del quinto misterio cuando solicitó bajar del autobús con el timbre.

Al día siguiente la vi de nuevo e hizo lo mismo. Pensé que por tercer día podía suceder, pero no la vi; quizá había tomado otro autobús antes o después de mí. No le pregunté su nombre, ni su edad o a qué parroquia pertenecía; decidí aprender de su acto. Y aunque procuré tomar siempre el transporte a la hora similar de esas veces en que la vi, no tuve mucho éxito después.

En otra ocasión, también en camino hacia el trabajo, un par de señoras comentaban: «La gente se ha olvidado de Dios». Palabras similares las pronunció el papa Francisco en el día de la Consagración de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María: «Nos hemos olvidado de Dios».

Claro que el ejemplo de las señoras me hizo pensar en qué estamos haciendo para hacer que nuestra Iglesia sea el lugar de encuentro que tanto anhelamos, cómo ser "iglesias andantes", hijos de una fe que traspasa paredes y no se cohíbe con el mundo. ¡Qué mérito tendría ser partícipes de un rito encerrado en cuatro paredes sin mayor repercusión para la sociedad!

Una fe madura se traduce en los actos ordinarios, aquellos que podemos vivir día a día, que nos acercan más a la vida de santidad para la que nos ha creado Dios, porque es deber nuestro llevar ese mensaje de amor, sacrificio y renuncia al mal a donde sea que vayamos.

Si bien es cierto que la piedad popular de nuestros pueblos permite que en tiempos específicos podamos llevar la Iglesia más allá de los templos, más provechoso sería para nosotros (y para los que afuera –incrédulos o no evangelizados- siguen sin saber el mensaje del Señor) no desatender los signos que son parte de nuestra fe.

Pidamos que el Espíritu Santo sea luz y guía para nuestros tiempos: que no sea motivo de vergüenza o impedimento llevar nuestra fe a la calle; si recibimos comentarios, sean para fortalecer nuestro camino de santidad; si recibimos miradas, sirvan de ejemplo para los que anhelan, pero no saben cómo hacerlo.

Después de todo formamos parte de Una Iglesia andante, que ha vivido por siglos; y tenemos una misión muy clara; tenemos un Dios que no cesa de amar; y, en ulterior esfuerzo, no es solo responsabilidad de señoras en autobús:

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará» (San Marcos 16, 15-16).

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