¿Dónde están los laicos?

Como ya he dicho en otras ocasiones la vocación es como un GPS. Sabemos que queremos llegar a la vida eterna y a la gloria de contemplar cara a cara a Dios; sin embargo, para lograr llegar con “bien a nuestro destino” es necesario optar por una ruta en específico que nos conduzca de manera rápida y eficaz. La vocación es precisamente las que nos indica por dónde avanzar. Seguramente tampoco te sonará a algo a nuevo que la Iglesia nos propone estas vocaciones específicas: al matrimonio, a la vida consagrada (sacerdote o religiosa) y a la soltería.

En esta ocasión quiero hacer una serie de artículos en los que hablaremos acerca de cómo vivir a plenitud cada una de las vocaciones específicas. Así es que prepárate, encomendémonos al Espíritu Santo y comencemos con la vocación a la vida laical en soltería.


La vida laical en soltería al igual que todas las vocaciones, tienen como fin la realización de la persona, el seguimiento de Cristo crucificado y la configuración del sujeto con Cristo mismo. Sé que esto puede sonar en principio como algo bastante complicado y podemos tener muchas dudas sobre cómo lograr el fin de la vocación. Pero, ten presente que la vocación es el camino por el que hemos de transitar, así que, lo primero que debemos hacer es disfrutar del camino.

Para disfrutar el camino, el magisterio de la Iglesia nos recuerda que todos los seglares estamos insertos por el bautismo en el cuerpo místico de Cristo y por esto estamos llamados a ofrecer ofrendas espirituales a través de las obras cotidianas y a dar testimonio de Cristo en todas partes en las que nos encontremos.


¿Te imaginas cómo sería el mundo si todos anunciamos a Dios en nuestras obras de cada día?


¡Así es! La vida laical en soltería implica la entrega total a Dios así cómo también el donar nuestras obras de cada día para el bien del prójimo y para continuar construyendo el Reino de Dios que siempre nos trae la paz. El laico se encuentra todos los días con el rostro de Dios en sus compañeros de trabajo, en las personas con las que convive, en la familia y también en su apostolado.

Ya hemos dejado claro hasta ahora que, la vida laical en soltería implica una entrega total y constante a Dios, esta entrega no tiene otra finalidad más que la de poner en práctica, haciendo visibles todas las posibilidades existentes de la vida cristiana y evangelizadora en las cosas del mundo. En lo más simple de la vida, en lo más cotidiano e incluso en aquello que en ocasiones podría parecer minúsculo.


Al respecto, uno de los documentos surgidos en el Concilio Vaticano II nos deja ver con total claridad el valor y la importancia de la vida laical:


“los laicos… están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, al igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo”
Lumen Gentium, 31.

Esa es la riqueza de esta vocación, nada más y nada menos que hacer presente a Dios en todos los rincones del mundo y en todas aquellas cosas que se alejan de Dios. En cierta manera esta implica la posibilidad de ayudar al Buen Pastor por excelencia a ir por aquellas ovejas que se han extraviado en el camino. Como laicos podemos y debemos evangelizar con nuestro testimonio de vida, en donde quiera que nos encontremos.


Todo esto sólo lo lograremos realizándonos plenamente en nuestras profesiones, oficios o en cualquier tarea que se nos encargue. Es además propio del laico animar y transformar las realidades temporales del mundo para que se encuentren en concordancia con el Reino de Cristo.


No podría existir una Iglesia sin laicos porque entonces se perdería el sentido fundante de ser para el mundo. Cristo envía constantemente a la Iglesia para que anuncie el Reino de Dios. Los laicos en este sentido cumplen con este ideal al ser enviados al mundo para hacer de él, un cielo y una tierra nuevas. Además, son de igual modo, signo del amor con que Dios ha creado y ha ordenado todas las cosas.


Los laicos son signo de Cristo mismo, que tomó nuestra condición humana y se comprometió totalmente en la vida de los hombres, es decir, en las realidades del mundo.


Hermanos, no somos seres ajenos al mundo, sino que por el contrario estamos llamados a vivir en el mundo haciendo de él, un lugar cada vez más parecido al reino eterno.


Si este artículo te ha gustado, te ha hecho vibrar y te ha motivado a vivir plenamente la vida laical, te felicito, porque probablemente ya sabes cuál es la ruta que debes seguir para lograr nuestro fin último: la santidad (vocación universal).


Recuerda que, no por pensar que no se ha respondido a una vocación no se alcanza la santidad, la vocación es un medio pero no el fin de la respuesta al amor de Dios.


Dios te bendiga y te colme de gracias.


Paz y bien.


42 visualizaciones

Entradas relacionadas

Ver todo