Una queja es un segundo de cielo que me pierdo

¿Alguna vez te has descubierto a ti mismo quejándote por todo y por nada a la vez? Que si el cielo es muy azul, que tal vez los demás deberían caminar más rápido, que el transporte público debería ser más eficiente, que todo te pasa a ti... Y ¿has experimentado también ese mal sabor de boca que queda después de quejarse mucho?


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Yo tengo una hipótesis: la queja es el mal aliento del alma.


Creo fervorosamente que la vida del cristiano debe de resumirse en lo siguiente: tener la mirada puesta en Dios, en todo momento.


Como resultado de esta práctica, lograríamos verlo en todo lo que nos rodea y sucede, incluso aquello que de buenas a primeras no parece tan positivo o agradable. Pues sabemos que "todo obra para bien de los que aman a Dios" (Romanos 8,28). Pero, ¿realmente lo sabemos? Tal vez ya lo hemos escuchado, tal vez es la primera vez que leemos esta cita. Sea cual fuese el caso, el mensaje es claro: absolutamente todo lo que nos rodea, sucede o impacta, será de provecho si lo dejamos en manos de Dios.


Y ahí está el meollo del asunto, ¿qué tanto nos abandonamos en Él? ¿Qué tanto le entregamos todo aquello que nos atormenta, duele o molesta? Desde lo más grande hasta lo más pequeño... Yo creo que cada situación que no entregamos a Jesús es una situación que se va almacenando, se vuelve vieja e incluso podemos olvidar que sucedieron, pero, se quedan dentro de nosotros. Esto se asemeja a lo que sucede cuando no cepillamos nuestros dientes correctamente: restos de comida se quedan ahí, generando caries e incluso un padecimiento a largo plazo. El mal aliento sería entonces, un indicador de que algo no anda bien.


Y lo mismo pasa con las quejas: al criticar, al victimizarse, al reprochar, estamos indicando que algo dentro de nosotros, conscientes o no, no anda bien.


Esto nos es útil para dos cosas:

1) Nos alerta sobre nosotros mismos y nos ayuda a descubrir que muy posiblemente necesitamos regresar la mirada a Jesús y entregarle aquello que nos sobra, además de un buen examen de consciencia, y por ende, una buena confesión.

2) También nos convierte en personas más comprensivas y caritativas con cualquier otro que se encuentre en la misma situación.


El Señor nos lo da todo, y nos espera con ansias para ese encuentro eterno, ¡no hagamos más tardado el camino con nuestras quejas!

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